Por Anna Grau

Annie Leibovitz
Annie Leibovitz es una mujer delgada pero gigantesca, que sonríe poco. El Museo de Brooklyn parece tambalearse bajo sus pasos y bajo la cascada de prensa que la persigue, brillante cola de cometa, mientras ella presume de exposición: 197 fotos ejecutadas de 1990 a 2005, y que colman ya un pesado, hermoso libro, que retoma su leyenda en donde la dejó el primer libro, el que abarcaba el período 1970-1990.
La inmolación de los alegres setenta nos aleja de imágenes míticas que han cimentado la leyenda Leibovitz. No vamos a ver, por ejemplo, a John Lennon desnudo y en posición fetal sobre Yoko Ono, dos horas antes de ser asesinado.
Bien que lo lamentará la crítica del ‘New York Times’, Roberta Smith. “Zapatero a tus zapatos”, viene a decirle a la Leibovitz la Smith, notoriamente disgustada porque la fotógrafa de las estrellas parezca incubar de pronto pretensiones de intimismo, profundidad y, peor aún: trascendencia.
¿Cómo se atreve a machacarnos con fotos de su familia y de Susan Sontag, su pareja durante 15 años, casualmente los mismos que abarca la exposición? ¿Qué nos importa a nosotros ver a Susan Sontag jugando en la playa con Sarah, la primera hija de Leibovitz, a Susan Sontag muriéndose, o ya muerta y vestida para la muerte por las manos mismas de Leibovitz? ¿Aporta algo saber que Susan Sontag y el padre de Leibovitz fallecieron con seis semanas de diferencia y que, por correr a la cabecera de uno, faltó en el lecho de muerte de la otra? ¿Y qué decir de las enormes fotografías de Jordania, todo vacío, apenas una sombra de Susan Sontag hilando su propia futura ausencia?
Cuenta Leibovitz que aceptó trabajar en Jordania, porque Sontag quería ir. Que una vez allí no querían fotos de Petra; para que estas fotos pudieran ser, Leibovitz tuvo que fotografiar primero lo que “interesaba”, a la reina Noor. Que la reina, en cuanto supo del hondo anhelo de su retratista, logró la bendición de su esposo, el rey Hussein, para que las dos amigas viajaran a la Petra más inaccesible. Fue mágico.
Parece que también lo fue el verdadero desnudo preñado de Demi Moore: en blanco y negro surgen sus senos sin rostro y su vientre rodeado por las manos de la madre y del padre, Bruce Willis. Años después, estando Moore embarazada por segunda vez, se planteó el segundo desnudo para la portada de Time, infinitamente menos interesante que el primero.
“No tengo dos vidas, sólo tengo una, y mis fotos más personales forman parte de ella”, casi se defiende Annie Leibovitz del infinito acto de amor de este libro, esta celebración estelar de los ausentes.
También cuenta que cuando, (nuevamente) bajo el influjo de Sontag, sintió la llamada para ir a Sarajevo, fue recibida con sonrisas de suficiencia por los reporteros gráficos “de guerra”. Sólo un francés le dio la bienvenida, emocionado.
En Francia se supo muy pronto que era pecado tirar el pan. Y las margaritas a los cerdos.
Documental biográfico
A Annie Leibovitz se la conoce por sus fotos de celebridades en ‘Vanity Fair’, tanto los posados estratégicamente planeados como los retratos cuidadosamente descuidados. No sólo Hollywood, también Washington ha pasado por delante de su cámara. Su hermana Barbara ha rodado un documental sobre su carrera, ‘Life through a lens’, que ya ha sido nominado al Emmy.