Por José Luis Cuerda, su director (*)
Trabajar como guionista en la adaptación de “La educación de un hada” es apasionante desde el punto de vista técnico: la estructura binaria de la novela -un capítulo está narrado en primera persona por Nicolás, el siguiente por Sezar y así secuencialmente- tiene una apariencia razonablemente cartesiana, pero es engañosa. Dentro de cada uno de esos capítulos son constantes los saltos adelante y atrás en sus respectivas historias o en la historia común de Sezar y Nicolás cuando se cruzan la de uno y otro. La lógica irracional y anacrónica de los sentimientos de los personajes -que son los materiales que más le interesan a Van Cauwelaert- le permite al autor recurrir a esta forma narrativa con enorme provecho, haciendo que aflore en cada momento la anécdota, la sensación, el recuerdo, la sospecha, el deseo o, en resumen, la idea o el sentimiento que le resulte más expresivo para comunicar al lector las vidas de Nicolás, de Sezar, de Ingrid, de Raúl… Personajes todos ellos que traen a la historia que les une heridas abiertas. Lo que hace también apasionante la adaptación desde el punto de vista dramático.
La realización de la película tendrá que explicitar de la manera más visible que se pueda, pero sin restar complejidad, ese anudamiento de sentimientos, manifiestos, latentes o irreconocibles por sus propios poseedores, que amalgaman sus vidas. No hay una única razón para nada. No hay una única respuesta a nada. Y las heridas sentimentales corren el riesgo, con mucha más frecuencia que las físicas, de cerrar en falso y producir pus. Terminada la película, vistas las llagas, diagnosticada, si es posible, por el espectador su etiología, es más que probable que muchas preguntas queden abiertas. Pero es que hay preguntas que nunca encuentran respuesta concluyente y que sólo dejan de existir cuando uno muere.
Un paisaje otoñal en una zona de poderosísima lujuria vegetal de Cataluña, que potencie la sensualidad desbordante que ha de catalizar las vivencias de Ingrid, Sezar y Nicolás, con sus momentos de florecimiento y sus momentos de podredumbre -fertilizante-, servirá de patria de esta historia de expatriados -personajes franceses, argentinos, de Argelia, españoles, belgas- o en busca de un lugar en el mundo, como Raúl.
Y, en el centro de todo, sobre todo, por debajo de todo, los intérpretes, que habrán de sacar a su epidermis, a sus gestos, a sus rostros, a sus ojos, a sus labios, los torbellinos, la soledad y las fracturas de sus sentimientos. Y yo, desde la dirección, les ayudaré lo que pueda y sepa.
La visualización de un drama es ante todo la visualización de los rostros de ese drama. Los retratos pictóricos clásicos, del gótico a hoy, son primeros planos de seres humanos, en los que se pretende plasmar la identidad del retratado por aproximación. Los personajes de esta película viven sus historias en sus rostros y para aproximarnos a ellas abundarán forzosamente los primeros planos. Pero hay tres escenarios especialmente significativos y que deben facilitar la expresión más ajustada del drama y su mejor comprensión: la masía de los antepasados de Nicolás, la pajarera de Ingrid y el supermercado en el que trabaja Sezar.
Nicolás es un soñador y, cuando comienza la película cree que ha encontrado en su vida todo lo que quería. Ha recuperado la casa donde nació y vivió la parte feliz de su infancia. Vive con la mujer que quiere y con el hijo que, sin ser suyo, parece fabricado a su medida, el niño en quien hubiera pensado cuando inventó el juego Creo el mundo, de la misma manera que la masía le sirvió de modelo para incorporar el ideal de finca rústica-explotación familiar autosuficiente e idílica como parte de ese juego. Las imágenes que abren y cierran “La educación de las hadas” son las de esa masía convertida en piezas con las que jugar sobre el tablero de Creo el mundo el drama de nuestros personajes.
La pajarera, una gran vitrina de cristal que permite en todo momento ver el exterior, y en ese sentido comunica a sus habitantes con él, es también el ámbito cerrado cuyos vidrios impiden que quienes permanecen en su interior puedan escapar. Es de alguna manera un paraíso plagado de especies de aves en el que se ejemplifica una falsa naturaleza. Y en el que reina, con todas las fantasías que se quiera pero irremisiblemente, una científica, Ingrid, dedicada tercamente -y sin demasiado reconocimiento académico- al estudio del comportamiento de esas aves. Racionalidad y sueños, color y negrura cohabitan en este laboratorio cuya actividad investigadora invade incluso, a deshora y bastante cómicamente, el lecho conyugal de la pareja protagonista de vez en cuando. La luz del sol y la oscuridad de la noche, una y otra penetrantes a través de los cristales, tiñen los rostros y las actitudes de quienes se mueven, viven, en su interior, gozan y sufren.
El supermercado del pueblo, lugar de paso por definición, es el punto de encuentro de Sezar y Nicolás. Un encuentro en las antípodas de la funcionalidad del establecimiento. Ninguno de los dos tiene allí nada que comprar ni que vender. Lo que se exhibe en sus estanterías les resulta indiferente. Sólo se establece entre ellos un tráfico mudo, nunca explícito, de heridas -las de ella, víctima de cuantas torturas pueda acumular una mujer hoy- y las de él -abandonado inexplicablemente por quien confiesa que lo ama más que nunca-. El contraste entre los sentimientos sin solución de nuestros personajes y el aspecto físico de estos templos modernos del dios comercio, con luces planas, frías, carteles tan variados como los pájaros de la pajarera, y latas, botes y botellas de felicidad a muy medido precio, va a ser brutal.
Y, como mapa en el que se desenvuelve la agitación casi protozoica de nuestros personajes el paisaje interior de Cataluña, sensual, matizadísimo de colores en su canto de cisne otoñal, acogedor como un útero. En él, estos seres llagados por la vida buscarán afanosamente -con humor muchas veces, con ternura siempre, doloridos, desconcertados- la manera de sobrevivir: hadas ¿menesterosas?, ellas. Guerreros ¿con armaduras de papel?, ellos.
¿Qué piensan Nicolás, Ingrid, Sezar y Raúl? ¿Qué sienten? ¿Saben por qué piensan lo que piensan y sienten lo que sienten? ¿Se rascan unos a otros? ¿Se rascan donde deben? ¿He enseñado yo eso con la cámara, con la música, con el texto, al dirigir a los actores? Hay que mirar los ojos de Ricardo Darín. Detrás de su cristalino -no voy a especificar el número de cada secuencia- hay ternura, dolor, miedo, fiebre infantil, angustia inquisitiva. Hay que mirar los brazos de Víctor. Se abrazan al cuello de los que quiere, a los árboles que sirven de antenas para convocar a las hadas, a un clavo ardiendo. Las ascuas de Bebe en su cara, pero también en sus rodillas, en la yema de sus dedos y hasta en los dientes se avivan a cada palo que recibe en las costillas, en la inteligencia o en el miocardio. Y la barbilla de Ingrid actúa como plomada de su zozobra sentimental, vital. Sus vibraciones, encogimientos, temblores son el vaciadero penúltimo del dolor que resbala desde el nacimiento de su cabello en el cenit de la frente -atención a ese punto- fluye en los ojos, se contrae en la boca.
El amor es un sufrimiento que produce a intervalos un placer enorme. Una hipérbole. Un autoengaño misericordioso e inevitable. Una vía bi-tri-cuatrifurcada imparable y sin fin. Un acabamiento tras otro.
José Luis Cuerda (1947, Castilla-La Mancha) vuelve a dirigir un largometraje tras siete años -luego de “La lengua de las mariposas”- con “La educación de las hadas”, adaptación de “La educación de un hada” que se estrenó este viernes 23 de junio en España. La historia sigue a Nicolás, un hombre que encuentra a la mujer de su vida y al hijo que él no ha tenido. Él es inventor de juguetes. Ella, Ingrid, viuda reciente de un capitán de aviación muerto en Iraq, es una ornitóloga que estudia en Cataluña el paso de las palomas torcaces. Raúl tiene ocho años y es un fantaseador de primer orden. A partir de este encuentro, la historia de amor a tres será perfecta hasta que repentinamente Ingrid decide que todo se ha acabado. ¿Por qué? No hay quien entienda sus razones: nunca serán más felices de lo que lo han sido hasta ese momento.