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Carta por una civilización participativa y solidaria

La siguiente carta fue presentada al Forum Permanente Participación y Solidaridad, promovido por la Cátedra Unisul Participación y Solidaridad, creada por la Universidade do Sul de Santa Catarina, Brasil. Por Osvaldo Della Giustina – Patrono

SolidaridadLas crisis que preocupan y angustian al hombre de este inicio de milenio van más allá de una sencilla crisis financiera, o de cualquier otra naturaleza sectorial, como aparentan y, generalmente, son interpretadas. Ellas son, sobre todo, la consecuencia del cambio de ritmo y de los desequilibrios decurrentes, introducidos en el proceso civilizador, entre la velocidad con que evoluciona la tecnología y su uso, y la lentitud con que ocurren los cambios en la personas y en las instituciones. Siendo de esta manera, las crisis deben ser entendidas como múltiples manifestaciones de una crisis mucho mayor, que revela lo insostenible de la actual etapa civilizadora, rumbo a alguna forma de ruptura, caso el proceso no sea revertido.

Sin embargo no hay oposición entre la tecnología y sus avances y el hombre en sus múltiples dimensiones, aunque se considere la tecnología en sus formas más avanzadas, como la ingeniería genética, la química fina, o la física cósmica.

Al contrario. La tecnología podrá ser transformada en el gran instrumento de promoción del hombre y humanización de la sociedad, si es asumida la conciencia de que esto es posible y se concentren esfuerzos en el sentido de transformar lo que es posible en realidad.

La oposición, sin embargo, existe, cuando la tecnología avanza o es utilizada en detrimento del hombre y de la sociedad, sus ritmos, sus valores y el ambiente natural donde ocurren los fenómenos humanos. En este caso, a medida que el cambio de ritmo y de los desequilibrios que provoca, será inevitable que, de crisis en crisis, resulte del proceso la ruptura anunciada y la ruptura tendrá entonces consecuencias inimaginables. Será inevitable, sin embargo, que la ruptura venga a tener la dimensión equivalente a los desequilibrios, o desvíos, que se fueran insertando en el proceso.

El camino de ruptura, pues, no es un camino necesario. Sin embargo se hace necesario percibir que, paralelamente a la amenaza que ese camino pueda representar y a la lentitud de la evolución de los hombres y de sus instituciones, resurge y crece en el mundo una poderosa masa de conciencia en defensa del ser humano y de los valores esenciales de la civilización.

Constituye valor esencial de la masa de conciencia, la dignidad humana, la cual presupone el respeto y la promoción de los derechos fundamentales del hombre – de esos derechos, en primer lugar, el derecho a la vida y a la igualdad de oportunidades de acceso a los bienes necesarios para vivirla en la mayor plenitud.

Este proceso de valorización de la vida, como valor básico u original, debe ser extendido a todos los seres humanos, independientemente del color, raza, cultura, credo, categoría social, o cualquier otro atributo.

Como corolario, el pluralismo de culturas, de pensamiento, de regimenes políticos, de credos o de costumbres presupone el ejercicio de la dignidad humana, de las libertades individuales, de la convivencia armónica, de la paz y seguridad entre los pueblos. Este es el camino – y no hay otro, para la supervivencia del Planeta y plena humanización de los que en él habitan.

Esos y otros valores, como la justicia, la igualdad, el repudio a la prepotencia y a la destrucción de la naturaleza, encuentran su síntesis en las dimensiones éticas de la participación y de la solidaridad.

Es necesario y urgente que los valores de la masa de conciencia, de esta forma sintetizados, sean asumidos, individualmente, por las personas, y, colectivamente, por la sociedad, como presuposición y fundamento de viabilizar la transición de la etapa insostenible del orden civilizador actual, aun ordenada por fundamentos y prácticas formulados en los tiempos pretecnológicos, para una nueva etapa civilizadora, que preserve, en la era postecnológica, las dimensiones humanas y sea ordenado por sus valores.

Esta perspectiva no constituye un simple deber ético. Ella dice al respecto, como se dijo, de la propia supervivencia del ser humano y de sus circunstancias. Es preciso entender que la dimensión de la tecnología, capaz de destruir el mundo no solamente físicamente, sino en cualquiera de las dimensiones que lo constituyen, no permite más la supervivencia y la aplicación de paradigmas del pasado, con base en el conflicto, en la competición y en la concentración sin límites, que provienen del dominio y uso equivocado de la tecnología, para excluir y ampliar las áreas periféricas, profundizando, peligrosamente, el desequilibrio del proceso civilizador.

Es preciso, al final, establecer el consenso de que, por ser valores éticos, la participación y la solidaridad no constituyen apenas sueños inalcanzables, formulaciones teóricas, u objetivos utópicos, a no ser que esos sueños, formulaciones y objetivos sean entendidos como faroles que iluminan los caminos y lugares de la búsqueda o de la llegada.

Para esto, la participación y la solidaridad deben ser transformadas en instrumentos eficaces para inspirar el nuevo hombre y construir las nuevas instituciones, o sea, la sociedad postecnológica, reequilibrando el proceso civilizador y superando, de esta forma, las crisis y la amenaza de ruptura.

Aún impone percibir, y asumir, que la participación, como valor ético, puede encontrar su instrumento eficaz para el cambio en la desconcentración de todas las dimensiones de las personas y de la organización social. La desconcentración implica superación de los sistemas concentradores, tanto más poderosos en esta era de la globalidad y tanto más nocivos, en la medida en que, a través de la competición salvaje y de la ocupación ilimitada de espacios, producen la exclusión de personas, de regiones, de pueblos y de naciones. Esta exclusión viene sucediendo en proceso creciente y llegará, brevemente, al momento crítico de su desequilibrio y, en consecuencia, a la inevitable ruptura. En verdad, constituye un axioma de la naturaleza que todo desequilibrio, al alcanzar su momento crítico, se vuelve insostenible. ¿Por qué imaginar que este axioma universal no se aplica a la sociedad?

De esta forma, es necesario percibir, y también asumir, que la solidaridad como valor ético puede encontrar en la cooperación el instrumento igualmente eficaz de organizar sustentablemente la sociedad, humanizando el proceso.

Esto significa decir que la participación, teniendo la desconcentración como su instrumento eficaz, constituyen los valores esenciales de la masa de conciencia y con los avances de la Ciencia y de la Tecnología. Esta será, entonces la sociedad “amorizada”, recordando a Teilhard de Chardin, o a Dante Alighieri, en su percepción poética de que “el amor mueve el sol y todas las estrellas”. ¿Por qué no tendrá que mover a las sociedades humanas?

Un mundo mejor es posible.

Esta invitación para la construcción del mundo mejor, participativo y solidario se dirige especialmente a las universidades, a las organizaciones sociales, a los gobiernos constituidos y a los liderazgos políticos, bien como a otros segmentos de la sociedad, los comunicadote, los promotores del arte, de la inteligencia y de la cultura, y, aún, a las iglesias y filosofías de todos los órdenes, para que se desdoblen sobre el momento y el proceso, promoviendo un análisis atento, profundo y eficaz, sobre lo que está sucediendo en el mundo, sus incertidumbres y la sucesión de crisis, y formulando, en consecuencia, propuestas sistematizadas y operacionales para superar / revertir el proceso de ruptura, que nos amenaza. De esta forma, los valores de la masa de conciencia se volverán realidad el mundo mejor, más solidario, más participativo, más humano y aún más sintonizado con los avances de la Ciencia y de la Tecnología.