Por María Soledad Steimberg

Gabriela Prado
Con sólo verla ya alcanza para tildarle algunas características: bailarina -de pies a cabeza-, sencilla, simpática, amable, creativa, con gran formación académica.
Pero en cuanto comienza la charla, cada una de esas descripciones se multiplican para volverla inolvidable. Gabriela Prado es bailarina, sí, pero ese título le queda corto, porque además es coreógrafa, docente, psicopedagoga y gran investigadora de los movimientos. Además es docente en el CCRRR y estuvo presentando recientemente la puesta “Si-len-cio”. Una entrevista que explicará porqué ganó la beca Guggenheim este año.
Ver danza contemporánea no es como ir al teatro, al cine o darse unas vueltas por una muestra de arte plástico. Implica ciertos conocimientos sumados a la capacidad personal de ver, oír y sentir los modos en que se mueve el cuerpo bailante sobre el escenario, dinámicas y esfuerzos de la anatomía, identificar gestos, gravedad, patrones rítmicos, música y silencio. Y, para terminar, ver la danza en su totalidad. Nada fácil. Pero también se dice que la danza es gobernada por sentimientos imaginarios que se traducen en movimientos muy específicos, y aquí es donde todo se vuelve contradictorio. Dos polos, el pensado y el improvisado, se unen para hacerse uno en un estilo personal: el de Prado, un perfecto ejemplo.
Luego de haber estudiado en la Escuela Nacional de Danzas, en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, haber sido parte de la compañía de danza del Teatro San Martin -dirigida por Ana María Stekelman- e integrado el grupo Núcleodanza de Margarita Bali y Susana Tambutti (que le dieron las herramientas para profesionalizarse en Festivales internacionales y giras por Italia, Alemania, Irlanda del Norte, Australia y los Estados Unidos); a Prado le atrae la libertad creativa de trabajar de manera independiente. “Una compañía te da una seguridad, un sueldo regular, no jubilación porque los pobres bailarines del teatro San Martín facturan. Esto no nos ocurre a los independientes y creo que esto es uno de los grandes desafíos: la supervivencia económica. Aunque desde hace unos años hay cierto apoyo estatal, a través del Instituto Prodanza, que ayuda o colabora en los procesos creativos, sostén que es fundamental, provoca que muchos coreógrafos estén trabajando actualmente… De todas maneras sigo eligiendo la independencia, porque me da mucho matiz creativo” anuncia la bailarina con la certeza de estar donde quiere. De hecho, Prado iza esa bandera de libertad porque le atraen los cambios, el decidir, el no repetirse en sus proyectos, probar tanto el trabajo dentro de una coreografía fija que va creciendo en el tiempo como el desafío de ensayar una improvisación en escena. Entonces comienza a salir un pensamiento que ella no había pensado antes: las dos Gabrielas que conviven en una. Nace una hasta ahora inconsciente bipolaridad en sus gustos de la danza. “¡Tenés razón, nunca lo había pensado así! Son dos puntas que me atraen por igual. La de improvisación me remite a los años cuando empecé a bailar, a los seis años, que iba a clases de expresión corporal en la Escuela Nacional de Danza (`María Ruanova´). O sea que, cada vez que improviso, toco ese punto y me resulta increíble la conexión vigente con eso, para mi es el núcleo de la danza, la parte más creativa. A esto se le une el ser independiente, que no haya nada que me contenga, nada, sólo el placer de bailar. Andar creando obras y no saber siquiera dónde las voy a poder hacer… El otro polo es la parte académica, todo lo que aprendí en la Escuela Alexander (ubicada en Amsterdam), el Release (opuesto al “contraction”, es una técnica basada en fuerzas que se contraen para luego difundirse, energía que se recoge y se expande. Es un elemento clave para para la comprensión del método de Martha Graham), Trisha Brown (Trisha Brown School of Dance de Nueva York), la carrera universitaria (psicopedagogía) y haber integrado el taller y luego la compañía del San Martín. Porque creo en serio que te completa. Y te juro que las dos puntas me fascinan por igual”.
Galardones contracturados
Todo empieza por su cuerpo, puede husmear bibliotecas, buscar libros y estudiar apuntes que la preparan, pero necesita una sala de ensayo y empezar a moverse en tiempo y espacio para activar su creatividad. “Así pasó con `Llueve´ (obra que actualmente está presentando en El Camarín de las Musas). Con Eugenia Estévez empezamos a trabajar en unas temáticas que teníamos dando vueltas, el hecho de que fuéramos dos mujeres, había temas en común… ¡y ahí empezaron a aparecer textos de Margarite Durás que estaban escritos para la obra! Parece que se te acercan las cosas o caes en los libros que tenes que leer. Y por otro lado, hay un campo de investigación buscado. A mi me inspira y me fascina leer tanto física como filosofía, son dos lugares donde las especificaciones de las variables temporales y espaciales me sirven mucho a la hora de crear. Pero en general, cuando sé de qué se trata una obra, es porque está en el cuerpo. Sino, hay teoría, pero de algo que no siento todavía propio”.
Y llegó el momento de hablar de la famosa beca que ganó este año, la Guggenheim. Pregunta que la ruboriza y la pone un poco tímida, humilde. Pero finalmente cuenta porqué cree haberla ganado entre más de cuatrocientos postulantes: “¡Cuando me enteré me quedé dura de la espalda! ¡Realmente! -y regala una carcajada- Por otro lado, quiero creer que… me la merezco. Eran muchos rubros y gente de toda Latinoamérica… la vedad me siento muy privilegiada por haberla recibido y también con mucha responsabilidad, como que tengo que hacer algo, tengo que devolver semejante prueba de confianza. Es un reconocimiento al esfuerzo y la apuesta de ellos a pensar que hay un potencial en mí para que siga haciendo esto. Lo mismo me pasó con otros subsidios (del Fondo Nacional de las Artes, PRODANZA, del Centro de Experimentación del Teatro Colón y de la Fundación Antorchas), la sensación de querer devolver. Como yo me formé en el Estado, desde la Escuela de Danza al San Martín, tengo una cátedra en el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte) donde no gano nada, pero no me importa, es una parte de la devolución. Hay nuevas generaciones que estudian ahí y que creo que en algo las puedo ayudar, que les puedo transmitir ciertas cosas como para que se ahorren unos pasos. También me pasó que fue raro esto de “recibir”, es tremendo pero como que una está acostumbrada a pedir… pero cuando recibís no sabés bien que hacer”.
Hormigueando en distintas compañías, de la dependencia a la independencia, de Argentina al mundo y de vuelta en su país, Prado no emprendería una carrera definitiva en el exterior, porque más allá que le interesó y le interesa saber en qué andan las vanguardias mundiales, nada tiene que ver el extranjero con sus búsquedas personales y de identidad. Siente que en Argentina está su medio, sus colegas, gente interesante con quién trabajar, canales de exploración, que hay un gran estímulo a que muchos produzcan. “Pero también soy consciente de que acá nada es fácil, como lo sabemos todos. O sea, yo no vivo de mis obras, yo vivo de dar clases. Los subsidios ayudan, pero se acaban pronto y cuando se van decís ` ¡y ahora que hago!´. Lo que veo que falta acá es proyección en el tiempo, porque mientas estás subsidiada trabajás y creces porque tenés los medios, pero cuando esa plata se acaba, ahí te desesperás”, concluía.
Danza libre, danza moderna, danza contemporánea, resulta difícil encasillarla. Lo que sí se sabe es que no se la volverá a ver usando zapatillas de punta ni tutús rosados. Tiene una danza autóctona, con unas raíces bien agarradas a los suelos argentinos y una búsqueda profesional admirable. Concibe tanto improvisaciones, danzas modernas como posmodernas con igual calidad, puede hacer trabajar su cuerpo y quitarle toda la carga de expresión, de manera casi científica, como saturarlo de emociones, teatralizarlo con movimientos estilizados, sensibles y con connotaciones sociales y metáforas. ¿Qué más se le puede pedir? Que siga.