Charles C. Mann, corresponsal de la revista “Science”, ha removido la percepción de la historia con “1491″ (Taurus), un estudio que altera la visión de América y de sus culturas y sociedades antes de la llegada de Colón. El libro sintetiza teorías novedosas, muchas desconocidas para el gran público, y arroja conclusiones reveladoras. Entre ellas, que el nuevo continente contaba con más habitantes que Europa o que es falso que fuera un enorme territorio intacto y salvaje. Pero es la hipótesis del origen de su población la primera que cuestiona. Desde hace décadas se ha considerado que los antepasados de las tribus que encontraron los españoles habían llegado cruzando el estrecho de Bering 12 mil años antes. “La ciencia ha demostrado que la separación génetica entre los asiáticos y los nativos americanos se produjo hace 25.000 ó 35.000 años”, comenta el autor. Y suma a esta argumentación la inexistencia de pruebas concluyentes de ese pasillo de los primeros colonos. Los lingüistas también han subrayado que la separación de estas lenguas debió producirse entre los 25 mil ó 35 mil años. Aunque no se han hallado aún restos que lo demuestren, Mann apunta a que estos pobladores alcanzaron las costas en barco. “Australia ya se había colonizado bastante antes y es un trayecto igual de largo. El problema es que el nivel del mar ha crecido desde entonces, y nuestros yacimientos están bajo el agua. Pero pudieron seguir las corrientes japonesas y pudieron crear refugios en diversas islas”, asegura.
Uno de los capítulos más interesantes es el relativo al maíz. Los indios precolombinos de México desarrollaron este cultivo de una manera que la revista “Science” lo ha considerado “la primera hazaña en el campo de la genética”. Mann escribe: “Los principales cereales -el trigo, el arroz, el maíz, el mijo, la cebada y demás- son todos semejantes en cuanto al ADN. Sin embargo, a pesar de su semejanza genética, el aspecto y el proceder del maíz son distintos a los demás. Es como si fuera el único pelirrojo”. Una idea que repite después verbalmente: “Existe la creencia de que hubo una mutación de un tipo de trigo conocido como teocinte. Ellos lo alteraron para crear el maíz. Es el primer acto de manipulación genética”.
La relación de los hombres con el ecosistema es otro de los puntos que modifica. Los españoles y conquistadores que les sucedieron creyeron haber descubierto una tierra intacta, pero no era así, y ese mito, sostenido, por ejemplo, en el último filme de Terrence Malick “El nuevo mundo”, ha resultado erróneo. Para Mann, las tribus y sociedades ya habían alterado el entorno y lo habían adecuado a sus necesidades. Y comenta un ejemplo ilustrativo: “Se consideraba que la cuenca del Amazonas no estaba cultivada, pero ellos habían introducido bosques artificiales, cultivando unos y protegiendo otros”.
Charles Mann también menciona el desarrollo de la tecnología de algunos pueblos, como los míticos Mayas. “Se cree que su desaparición se debió a una guerra civil. Pero no sólo es eso. Es probable que durante ese enfrentamiento destruyeran una sofisticada red de canalizaciones que habían desarrollado para obtener agua. Cuando sobrevino una sequía, pero no diferente a otras que ellos ya habían afrontaron en el pasado, no la pudieron soportar porque sus infraestructuras estaban arrasadas”.
Pregunta. ¿Son 500 años en un engaño, en un error?
Respuesta. Las dos cosas. En el libro muestro cómo las nuevas enfermedades y virus que llevaron los conquistadores fueron diezmando a las poblaciones a medida que avanzaban por el continente. Por eso a veces encontraron territorios vacíos, y pensaron que se trataba de zonas vírgenes. Un error, porque las enfermedades iban delante de ellos y la gente moría o huía, hasta que la selva devoraba todo. En la versión oficial también influye la creación de mitos, son procesos que funcionan juntos.
P. ¿Y por qué no se han divulgado estos hallazgos?
R. Se han hecho de manera muy aislada. El problema es la incomunicación entre las disciplinas encargadas de estudiar esto: los historiadores no leen a los antropólogos, éstos no leen a los arqueólogos, ni éstos a los geógrafos y así sucesivamente; lo cual dificulta una divulgación unificada y global de la nueva verdad.
P. Errores que se asumen como verdades inamovibles. ¿Por qué?
R. No todas las verdades se pueden cambiar. Había una cierta reticencia a aceptar y divulgar estos nuevos hallazgos y darles el crédito que merecían. Primero porque cuando los conquistadores llegaron vieron pocos pobladores y pequeñas aldeas, al no ser conscientes del gran descenso del que hablo. Además, ha jugado un papel central el etnocentrismo, sumado a una cierta culpa por el hecho de creer que Europa había sobrepasado a América. Era mejor pensar que la Conquista no era o había sido algo tan malo, sobre todo si consideraban que ese Nuevo Mundo era una sociedad sin logros.
P. Pero América no evolucionó tan rápido como Eurasia.
R. Esta premisa es incorrecta. Todo depende de la perspectiva. No es que América fuera menos civilizada que Europa. Lo primero que hay que aprender es a ver que se trataba de otra civilización y que no se pueden equiparar culturas de épocas diferentes. En Perú, por ejemplo, las sociedades primitivas evolucionaron de manera extraordinaria. Lo que sucede es que avanzaron de manera distinta a Europa. Tenían la mejor red de carreteras del mundo, una tecnología para hacer textiles con las mejores telas del mundo, una agricultura muy sofisticada. Lo que ocurre es que cuando pensamos en tecnología tenemos en mente la imagen europea. Es nuestra referencia y pensamos que otras tecnologías no son tan importantes. Pero resulta que en América trabajaron durante miles de años la tierra sin agotarla, lo que aún no hemos logrado nosotros. La segunda razón es que Mesoamérica tuvo grandes hallazgos, como la invención del cero, la invención aritmética más importante de la humanidad, y lo hicieron cientos de años antes que los demás. Tuvieron sociedades complejas y un desarrollo increíblemente rápido con 12 o 13 sistemas de escritura.
Entonces, Charles C. Mann asegura que la prosperidad de las primeras ciudades precolombinas son anteriores a las pirámides egipcias. Un asomo por esa puerta del pasado deja entrever la vida en los albores del primer milenio de nuestra era: más abajo de las nieves perpetuas andinas se descuelgan manojos de aldeas y grandes y opulentas ciudades con más habitantes que Europa. A sus alrededores, una red de caminos ha convertido la inmensa cordillera en un colorido puzzle de cultivos y bosques que descienden hasta las selvas y sabanas por el oriente y a un infinito mar por el occidente. Mucho más al norte del continente, y tras una ancha lengua de tierra entre dos mares, ocurre algo parecido pero en una tierra más llana, Mesoamérica esparcida de monumentales construcciones. Son tierras donde viven múltiples civilizaciones en armonía con la naturaleza a la que han explotado y moldeado sin caer en el desequilibrio. No lo saben, pero gozan de hallazgos intelectuales antes que ninguna otra cultura del mundo: han inventado el cero, son pioneros en matemáticas y astronomía; tienen una de las primeras hazañas de la ingeniería genética al inventar el maíz moderno; han desarrollado más de diez sistemas de escritura; han construido una red de agua corriente y alcantarillado y viviendas de hasta seis plantas; y la mayoría de sus pobladores depende de la agricultura y la ganadería.
P. ¿Dónde queda, entonces, la idea del buen salvaje y el paraíso perdido? ¿Por qué la necesidad de mantener esa idea de América?
R. Hay una necesidad en la cultura occidental que es muy cristiana: la idea de la caída de la humanidad, del pecado original. Es algo extraño que se combina con la teoría de Rousseau y la idea del estado de la naturaleza pura que era muy habitual en el siglo XVII, donde los intelectuales buscaban aquella humanidad sin la influencia corruptora de las civilizaciones.
P. Aunque aún hay pueblos nómadas que a veces contactan con la civilización, como los Nukak Makuk en la Amazonia colombiana, que han vuelto a salir, aunque son menos que hace 15 años.
R. Tal vez, al igual que sus antepasados, en cada contacto adquieren nuevas enfermedades que los diezman. La cuestión interesante es que muchas de esas poblaciones eran agricultores, pero hace 300 o 400 años dejaron sus granjas para evitar las expediciones que iban en busca de esclavos. Los nómadas de hoy pueden ser el resultado de refugiados modernos.
P. Creo que su nuevo libro será un complemento de este 1491.
R. Éste tenía una cuarta sección que dejaría el libro en 1.000 páginas, así es que lo reduje. Dejé por fuera el intercambio colombino, porque la principal contribución de Colón a la humanidad fue la convulsión ecológica al juntar de nuevo las masas continentales. Es, quizá, el acontecimiento más importante en la esfera biológica desde la destrucción de los dinosaurios. Y mi nuevo libro tratará de todo eso, sin olvidar la historia humana que subyace debajo. Además, la llegada del caballo cambió la vida y generó una revolución cultural tremenda. La historia podría escribirse desde antes y después del caballo. La llegada de los europeos no es tan importante como la llegada del caballo.
Charles C. Mann rastrea así los inhóspitos orígenes de la vida americana, desde los primeros grupos humanos que habrían entrado por Tierra del Fuego y luego por Bering, hasta el florecimiento de sus culturas, teniendo a los Clovis, en Nuevo México, como la primera de las Américas, hasta llegar a las más conocidas como los incas, mayas y aztecas. Memoria de medio mundo a la que, se queja el escritor, los libros de textos de historia sólo dedican el 3% de sus páginas.