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El teatro que baja del pueblo

Por María Soledad Steimberg

Después de la crisis de 2001, nada fue igual en Argentina. Tampoco el teatro. En un reciente seminario realizado en el Centro Cultural Rojas de la Ciiudad de Buenos Aires, asistimos al encuentro de grupos teatreros que vienen de los barrios.

Es el único nene de la sala. Y por supuesto llama la atención. Se lo va a ver intentando cumplir con la pauta de uno de los grupos, que pide un enérgico masaje a la persona de adelante, dentro del círculo que se acaba de improvisar. Más tarde entonará, de manera convincente, canciones que hablan sobre la Dictadura de treinta años atrás y de la crisis económica de hace cinco, al son de un ritmo familiar para todos, menos para él -que cree la melodía completamente original-. Él es un nene que pertenece al grupo de teatro comunitario Los Okupas del Andén, oriundos de un barrio de La Plata, y pareciera que todo lo hace muy en serio.

“Empezamos haciendo una especie de amigo invisible, tirando cartitas por debajo de las casas cercanas a la estación y no terminábamos de decir qué era. Por semanas fuimos tirando pistas en esas cartas, hasta que por último hicimos la convocatoria”. Belén Trionfetti coordina este grupo de teatro platense, nacido en septiembre de 2003, de un centro cultural tomado por los vecinos en la ex estación provincial de esa zona. El marco donde desarrollan su actividad les sirve de excusa para contar, a través de canciones, la historia del tren y su vínculo con las personas, desde lo que se recuerda por anécdotas de boca en boca. Por esto, las diferentes escenas de las funciones del grupo remiten a la inauguración de la estación, la extensión del ramal hasta Saladillo y Mirapampa, al Plan Larkin, que permitió el asfaltado en la ciudad con capitales extranjeros y al cierre de la estación.

“Todo comenzó con una convocatoria que hice en agosto de 2002 en el programa de radio Mate Amargo a los que quisieran participar de una murga, formar un grupo de canto a dos o tres voces, algo coral, como algo transformador, donde todos necesitaran de todos y que fuera de vecinos para vecinos, de la comunidad para la comunidad”. Quizás esta sea la definición más clara sobre lo que es el teatro comunitario. Edith Scher trabaja como crítica de teatro y encabeza la agrupación del barrio porteño de Villa Crespo Matemurga, que propone en sus espectáculos un repaso por los acontecimientos más importantes de la historia Argentina, Latinoamericana y Europea a partir de canciones de la resistencia que quedaron en la memoria colectiva.

El Barrio, no más dormitorio de la ciudad

Se dice que este tipo de teatro surgió con el devenir de la democracia, poco después de 1983. Un conjunto de vecinos de Catalinas Sur, un barrio de monoblocks, se juntó con el propósito de transformarse en algo más que un mero consumidor de cultura. Organizaron talleres, tareas y objetivos que derivaron en una presentación teatral con un perfil notablemente distinto al habitual de entonces. Desde ahí, muchos de los barrios de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense se contagiaron cual epidemia. Cada uno intentaba ponerle la impronta, el color de su lugar de pertenencia. No importaban las edades de sus integrantes, ni si uno cantaba o actuaba mejor que otro, ni el estatus social que los diferenciaba, la meta consistía, como hoy, en reflejar, comunicar, manifestar y crear diversas formas de la cultura popular. Otra de las características de este fenómeno es el de ser numeroso (los grupos pueden contener desde cinco a 200 personas) y amateur, porque todos los integrantes del teatro comunitario viven de otra cosa y recurren a él por una necesidad de salir a la calle a contar lo que pasa y les pasa. Pero tal cosa no significa que represente un pasatiempo para ellos, todo lo contrario, lo sienten como un medio de producción.

No es casual que esta necesidad de crear se haya manifestado más fervorosamente en tres períodos clave para la historia argentina: 1983, 1996, 2001. En estas tres fechas, la sociedad se encontraba quebrada por un pasado siniestro, desorientada de tantos años saturados de avatares económicos y corruptelas descaradas. Los pobladores, acaso sin saberlo, emprendieron un camino en busca de la recuperación de una idea de arte comunal, arte participativo, donde un “sálvese quien pueda” se había alterado hasta parecerse más a un “salvémonos todos”. Y en esa senda empezaron a caminar los ciudadanos que querían que sus vecindarios sean algo más que meros dormitorios, querían que sean el centro de un movimiento cultural (que incluyera lenguajes circenses, murguescos y de teatro de revista) pero con un claro mensaje por decir.

Pinta tu aldea y…

“Yo lo elijo como forma de vida, porque estudio trabajo social y tengo formación actoral de escuela. Por eso, en el teatro comunitario pude aunar dos pasiones, porque me permite retransmitir lo que sé en cada campo”, contaba Belén Trionfetti. Estos grupos logran trenzar lo artístico con lo declamatorio y entusiasman a su gente cuando los convencen de que todos pueden actuar y cantar, que lo que interesa es el efecto colectivo. Aunque de alguna manera este teatro es oriundo de Latinoamérica, “se puede hacer en cualquier tipo de lugar donde dos o más personas se quieran reunir y tengan ganas de decir algo, quieran expresarlo libremente. Este tipo de teatro es válido en cualquier lugar, no tiene que ver con un idioma o una nacionalidad o una situación económico-social, sino con las personas, con el ser humano, el poder exteriorizar lo que cree y lo que siente, porque todos somos creativos”, afianzaba la vocera de Los Okupas del Andén.

El teatro, como versión reducida de acontecimientos, historias y sociedades, es pensado y ejecutado para que alguien lo haga y alguien lo mire. Necesita, como mínimo, de actores (no necesariamente profesionales) que narren a un tercero. Puede respetar cánones tradicionales ó vanguardistas, ser una mega producción y alcanzar costos realmente obscenos ó desarrollarse en una esquina/subte/semáforo donde la gorra sea el principal medio de recaudación. Como negocio o como ocio, para agradar o para deliberar, este trabajo sobre tablas o sobre cemento puede generar cambios muy profundos tanto para quienes miran como para los que obran. Así lo talla Edith Scher, directora de Matemurga: “Es mi modo de participar en la sociedad. Yo creo profundamente que esta actividad es transformadora, creo que la cultura es de las prácticas más poderosas que existen en la sociedad, tanto para alienar como para liberar. Un pueblo que está dominado culturalmente, que no puede pensar fuera de los límites de lo impuesto, difícilmente pueda hacer cualquier otra clase de cambio. Algunos me dicen: ‘¿no será demasiado hablar de transformación social?’ Y los que hacemos teatro comunitario no pensamos en términos de revolución, sino en cambios culturales que tienen otras dinámicas. Con el teatro tenemos la oportunidad de, conjuntamente, potenciar las posibilidades de todos en función de un objetivo común y de contar una historia que nos identifica a todos”.

Sin duda de que sea un fenómeno novedoso, que parte de lo social para convertirse en cultural -¿ó su génesis estará en la cultura para volverse, más tarde, en un evento social?- el teatro comunitario despierta cuando la emoción se adormece, no acepta narcisismos (todo es colectivo), cuenta cuentos para toda la familia, funciona de cancionero popular y le canjea a la gleba humana las penurias de su historia nacional por una fábula de carnaval candombero vestida a lunares y con acordeón en mano.

Es el único nene de la sala. Y claro que se debe sentir especial. Mira, atento, lo que hacen los grandes. Escucha, silencioso, como se barajan ideas alrededor de este teatro opíparo y tantea, a ver cuando puede meter su bocado. Gusta, sin dudas, de ser el único nene en la sala.