Por Cristina Civale
La fotografía de un cráneo sin identificar me pega una bofetada. Es la primera fotografía con la que me topo en la muestra de fotografía documental Laberinto de miradas 2, Fricciones y Conflictos en Iberoamérica. La obra corresponde al artista español Clemente Bernard y documenta las exhumaciones que tuvieron lugar en Burgos en 2004 en una fosa común. Se trata de los desaparecidos de la dictadura del General Franco. Esa fotografía, que refleja el trabajo de los antropólogos intervinientes, cruda y simple, marca el tono de lo que se verá después: otras bofetadas de violencia contra hombres, mujeres, naturaleza, animales, la saña de quienes no temen declinar los verbos “exterminar”, “castigar”, “discriminar”, “abusar”. Pero sobre todo proyecta el cambio de eje de la mirada de los españoles sobre la violencia: ya no viajan a las remotas tierras que sus antepasados colonizaron para registrar lo otro, la violencia ajena como color local; ahora, una nueva generación de fotógrafos, por fin, hace justicia y con valentía mira la violencia propia, quizá la que más duele. Y ahí están para sacudirnos la imágenes del mar contaminado en 2002 cuando el barco Prestige volcó con impunidad su petróleo en las costas de Santiago y cientos de voluntarios vestidos cual astronautas acudieron a realizar una tarea imposible: limpiar el mar de los chapelotes. Allí están los animales asesinados por familias con rostro pacífico, niños incluidos, en lo que algunos llaman deporte, la caza, y que puede remitir a algo tan español y brutal como la corrida de toros, imágenes donde belleza y violencia se mezclan pero que están ausentes en esta exposición. Quizá para no molestar sobre un tema en el que la sociedad española se muestra divida. Sorprende también la ausencia de imágenes sobre ETA, sus atentados y la posición del independentismo vasco. Otro no molestar que el curador del proyecto, Claudí Carreras (Barcelona, 1972) decidió excluir. Me cuenta: “Por supuesto que estoy contra cualquier tipo de violencia, pero el problema vasco es tan complejo que no alcanza con poner un coche bomba estallando. Nadie me censuró una imagen, pero temí que incluir imágenes sobre este tema con un análisis profundo y no tan banal, pusiese en peligro el resto de la exposición, por eso me propuse que en un futuro inmediato curaré una exposición exclusiva sobre el tema”. Pero si bien las ausencias narran un guión curatorial, las presencias organizan el recorrida de las múltiples violencias inequívocas que delatan comportamientos de situaciones fronterizas entre la vida y la muerte, la libertad y el encierro, la fe y la razón, el lado del “bien” y el lado del “mal”.

Durante la inaguración, Ricardo Ramón Jarne, director del Centro Cultural España en Buenos Aires que organiza la muestra en la ciudad, expresó que preferiría que esta exposición no existiese. Lejos de ser palabras de censura, fueron frases cargadas de humanidad: desear que las realidades representadas no tengan lugar en este mundo. Una apertura sobria, inteligente y combativa.
Hace demasiado calor para aguantar tantos golpes de imágenes brutales, no tan brutales, seguramente, como la violencia y la fricción de los hombres y mujeres reales, de lo espacios existentes que son sus víctimas. Y allí las miro, en la Casa de la Cultura, Av de Mayo 575, dos pisos de subsuelo cuyo recorrido también implica un laberinto, tal como leo en el diccionario: “Lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida”. Y en efecto, uno se siente un poco encerrado, agobiado por estas imágenes, pero también siente el deber de observar con detenimiento estos cortes del mundo contemporáneo porque si no se lo mira el laberinto puede ser eterno y la salida, efectivamente, imposible.
Entre los 35 fotógrafos seleccionados por Carreras ( con la ayuda de ocho curadores invitados entre los que se encuentra el fotógrafo argentino Eduardo Gil) me impresionaron las obras de la española Lorena Ros sobre las inmigrantes nigerianas que llegan a Europa con un sueño y deben terminar prostituyéndose para poder vivir y pagar las deudas contraídas para llegar a la tierra de la “libertad”. Las obras de la mexicana Maya Poded narran los rituales de mujeres brujas encontradas en el desierto, casi por casualidad por la artista: rituales de liberación, venganza y revelaciones son narrados en procesos sanguinarios con fuego, cuchillos y la presencia de los muertos que la cámara, mágicamente, logra registrar. Jao Weiner ataca con sus poderosas imágenes de San Pablo. Desde narcos con pañuelos en las caras y armas en la mano hasta los estragos de la pandilla Exus, surfeadores de la noche, justicieros y maleantes a la vez: un puñado de imágenes que narran la vida de cada día tal como sucede más allá de los macroanálisis optimistas del gobierno de Lula.
Otras armas en otras manos, retratos de familias de clase media argentinas, en su cómodos entornos, donde se intuyen heladeras llenas y mucho miedo: es lo que narra la obra de la argentina Ananké Asseff, haciendo pie en la llamada inseguridad y en el estandarte e la defensa propia de quienes ya sólo pueden defender las joyas de la abuela, con suerte. En sus ojos se lee venganza.
Las obras seleccionadas abordan temas que hablan de heridas que aún sangran: los desaparecidos del Terrorismo de Estado en Argentina y Uruguay, las exhumaciones de cuerpos en fosas comunes en España, represión policial en las favelas de Río de Janeiro o en una manifestación del DF Mexicano, enfrentamientos entre pandillas del narcotráfico en Medellín, militarización en la zona del Chapare Boliviano, postales de la “sensación de inseguridad” en Argentina, cárceles mexicanas, sobrevivientes de una guerra inútill, como toda guerra, la del Chaco, rostros de ancianos ex combatientes, con las arrugas de la historia surcándoles el rostro, entre otras realidades que nos pertenecen, aunque mirarlas no produzca indignación, vergüenza e impotencia. Mirar es saber para luego actuar, para lograr que pronto esta muestra sea imposible de realizar porque -y quizá es la utopía de una cronista ingenua- ya no existan estas realidades para retratar. ¿O porque habremos vencido o porque nos habremos autoexterminado? Depende de cómo apretemos nuestro gatillo figurativo.
Por lo demás, Laberinto de miradas es un proyecto expositivo y editorial de Casa América Catalunya y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID. Se compone de tres exposiciones itinerantes, que viajarán durante tres años por más de veinte países de América y Europa, presentando miradas cruzadas de autores que trabajan en el ámbito documental en América. La primera exposición, Identidades y fronteras en Iberoamérica, se inauguró en el Centro Cultural de España de México DF el 3 de julio de 2008. Y ya viajó por más de 10 países. Fricciones y conflictos, -la que ahora se exhibe en Buenos Aires- se presentó el 7 de octubre en el Centro Cultural de España en Lima, Perú. Y la tercera, Colectivos de fotografía en Iberoamérica, se pudo ver en Buenos Aires el pasado año con una exposición realizada en el Palais de Glace, siempre con el auspicio del CCEBA.
Las exposiciones ya giraron por más de veinte países.
En julio de 2010 se juntarán todas las muestras en México iniciando lel viaje más grande de fotografía documental Iberoamericana realizada hasta el día de hoy. Y todo surgió de la cabeza de un tipo tozudo, el catalán Claudi Carreras, que en 1992, a sus 18 años llegó a Buenos Aires y se enamoró de la ciudad y aquí se hizo fotógrafo, conoció a otros colegas, viajó por América Latina y se le llenó la cabeza de imágenes que años después volcó en este invento único: Laberinto de miradas.
Y sí, su laberinto me marea tanto como me trasforma y estoy segura de que luego de este pequeño viaje por esta gran exposición saldré un poco maltrecha pero más despabilada, un poco otra y sólo así el arte, para mí, vale la pena.
La muestra actualmente se encuentra en San Juan de Puerto Rico y New York
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