Por Patricia Suárez desde Buenos Aires
La publicación de las cartas entre Gabriela Mistral y su secretaria Doris Dana, en el libro Niña Errante, causaron conmoción en el mundillo literario. El semanario chileno The Clinic publicó en la tapa una foto a toda plana de Gabriela Mistral con el titular: “¡Era lesbiana! ¿Qué hacemos?” e igualmente tituló Benjamín Prado su nota en El País: “Gabriela era lesbiana, ¿qué hacemos?”

El lesbianimo de la autora ya habría sido insinuado en la biografía Gabriela Mistral pública y secreta, publicada por Volodia Teitelboim en 1996. Después, expertos de literatura se pusieron a explicar las preferencias de la señora en las universidades de Nueva York y Columbia. Al parecer para muchos lectores la sexualidad de Gabriela Mistral los afectó como una traición personal. Con cierta falta de imaginación o información algunos se preguntaban cómo podría haber sido lesbiana una mujer capaz de escribir, por ejemplo, el “Poema del hijo”. “Un hijo, un hijo, un hijo, yo quise un hijo tuyo…” Pregunta que quizá no se harían si leyeran la lista de tareas diarias que Jodie Foster le deja a la niñera de sus hijos. Pero Jodie Foster es una actriz de Hollywood que salió del closet y Gabriela Mistral el Premio Nobel de Literatura 1945 y su efigie está hasta en los billetes de 5mil pesos chilenos. Otros lectores le reprochan a Gabriela precisamente el no haber salido del closet y haberse declarado públicamente gay, acción que, según ellos, habría sido mucho más útil que la lectura escolar de sus poemas.
Otro tanto le ha sucedido a muchos escritores donde la imagen pública se vio afectada por la lectura de sus correspondencias: el volumen que recoge las cartas de Lord Byron donde cuenta cómo separó a su hija Allegra de la madre de ésta, lo vuelve un cretino, más allá de cuántos suspiros haya echado el lector imaginándose cruzar a nado el Helesponto. Otro tanto sucede con la correspondencia de Jane Bowles -donde siente su talento robado por su marido Paul- y la de Edith Wharton -apasionada por un amante indiferente-. Luego de la lectura del promiscuo Diario Intimo del dramaturgo Joe Orton, el lector comienza a pensar que era casi lógico que Halliwell, amante de Orton, lo asesinara. Es evidente, que para un escritor la vida pasa a través de las palabras, y en este sentido Franco Vaccarino (escritor, 1963) opina que valora “el deporte póstumo de publicar correspondencias, notas íntimas y diarios, cuando ya no hay juicio que pueda afectarlos y entonces yo, acaso, pueda saber algo más, no ya de mi autor, sino de mí mismo, de mis elecciones, errores y aciertos.” La lectura de la vida privada de otro escritor es, en estos casos, balsámica. Mary Shelley -según la biografía de ella que hiciera Muriel Spark- padeció tanto el mercado editorial de su tiempo, como los escritores contemporáneos padecen el de hoy. Sin embargo, Frankestein trasciende a su autora y justifica las penurias propias de su condición humana. El lector se apiada de Mary Shelley y Frankestein se vuelve más amado.
Lo que las cartas de Gabriela Mistral hicieron, fue poner en el tapete de hasta dónde un lector quiere saber sobre la vida privada de un escritor. ¿De verdad afecta la apreciación de su obra? “Los textos literarios son autónomos y autosuficientes”, asegura Ariel Barchilón (dramaturgo, 1957), “no necesitan del conocimiento de la vida privada del escritor para comprender su obra”. Sin embargo, otras voces consideran que el área privada de un creador ayuda a entender los procesos creativos y las estrategias que llevó adelante en su oficio. Un escritor escribe con su vida entera, declara Ariel Bermani (escritor, 1967). La literatura autobiográfica también atraviesa este paradigma: los escritores de hoy exhiben su vida privada sin pudor, como si de artistas de la televisión se tratara.Esta exposición parte del supuesto de que sus textos -vale decir, su vida privada- son de por sí interesantes. Cuando en realidad, escribe Alberto Giordano en su ensayo El giro autobiográfico, en los comienzos el funcionamiento de esta escritura confesional estaba regulado por el principio de querer-ser-sincero-consigo-mismo, aunque luego se convirtió en un suceso al ser absorbida por la cultura del espectáculo. Al respecto, Adela Basch (escritora, 1946) afirma: “El interés por la vida privada del escritor está relacionado con toda una puesta en escena de cosas que no involucran ni a la obras ni a la literatura, sino a los eventos privados de las personas (ya sean escritores, futbolistas o empresarios famosos). Existe, entonces, un corrimiento: es más fácil hablar de estas cosas que de las obras en sí mismas. Sin embargo, quizás algunos datos biográficos puedan ser relevantes para abordar críticamente una obra. Pero claramente no entra en este tipo de datos la vida sexual, y menos convertida en escándalo mediático.”
No obstante, hay puntos medios. Para Elvio E. Gandolfo (escritor, 1947) la relación vida-obra de un escritor es importante. Dice: “Su peso se ha ido deteriorando por la manía farandulesca y chismosa (caso Mistral: un dato que se conocía por oídas, ahora confirmado con papeles). Pero creo que importa incluso en autores como Mallarmé, Valéry y César Aira. Ejemplos recientes de equilibrio logrado son la biografía de Borges escrita por Edwin Williamson, o la de Osvaldo Lamborghini de Ricardo Strafacce, que despejan muchas incógnitas de sus figuras globales (vida-obra).” En suma, desde el momento en que las literaturas auto/biográficas tienen una pretensión de verdad, rechazar a priori su lectura sería una falta a la verdad. Los lectores buscan en los libros de ficción una verdad poética y también la voluntad de verdad se manifiesta en un escritor que poetiza su vida en un libro. La búsqueda de la verdad es la ética del lector.