Por Magali Tercero/ Ciudad de México
A esta cronista le está poniendo los cabellos de punta no la influenza en sí, sino las conversaciones con otras personas. Debido a que las autoridades han manejado la posibilidad de una epidemia con un exceso de celo hasta cierto punto lógico en un país desarrollado a medias, y pese a que hasta el domingo 3 de mayo la cifra de muertos, en una ciudad de México con 20 millones de habitantes, era de once personas (19 en todo el país, la mayoría mujeres), son muchos los que repiten teorías sobre conspiraciones de las farmacéuticas, simulacros para probar qué tan mansos son los ciudadanos, e incluso acerca de una manipulación globalizada para ocultar a la población civil realidades muy oscuras y protegerla de acciones del narco, las guerrillas o los maras salvatrucha. Hay cura para la influenza pero el periodismo científico mexicano no se ha centrado en recordarle a la gente un hecho tan importante. El virus no está tan extendido, pero las autoridades han manejado cifras contradictorias todo el tiempo, creando el estado anímico de confusión que las artes de la manipulación tienen como objetivo provocar.

En Acapulco, que se llenó de defeños durante el semisecuestro sanitario de la ciudad de México entre el 24 de abril y el 6 de mayo, ya hubo un grupo de vacacionistas agredido a pedradas por los temerosos costeños. Asimismo, algunas compañías turísticas están cancelando reservaciones aéreas y de hoteles a quienes provienen del DF. Dos cosas son ciertas: 1) Los mexicanos somos los nuevos “apestados” del mundo global, y estamos sujetos más que nunca a una discriminación sanitaria que enmascara las discriminaciones racial, laboral y cultural. Y 2) Cada quien cree lo que más le tranquiliza. Un entrevistado me dice que se “desestresó” mucho -una disculpa por este entrecomillar neologismos, pero es mi modo de controlar mi propio estrés ante la influenza- al leer que se trata de un complot mundial en un blog donde se aportan direcciones electrónicas para apoyar dicha teoría.
Las historias de discriminación sanitaria están a la orden del día y saturan nuestro correo electrónico: la amiga catalana que vino a México y ahora está siendo aislada por sus amigos de Barcelona, o bien la anécdota sobre los padres de un artista mexicano que viajaron a Israel a un Bar Mitzvah familiar y estuvieron a punto de ser expulsados de la fiesta por haber llegado desde México. A un nuevo amigo valenciano, el artista Jota Izquierdo, lo pusieron en observación diez días después de una estancia de varios meses en el DF, donde realizó un proyecto relacionado con los vendedores ambulantes. Quienes trabajamos con él en torno al “capitalismo amarillo”, como ha nombrado él la tendencia global ante este sector, sabemos ya que en Valencia hay tres casos controlados de influenza.

Los turistas en México
Más aún. En El País de España se publicó, en primera plana, un reportaje titulado “Morir en México”, en donde el reportero Pablo Ordaz confronta dos casos: el de un señor pudiente de sesenta y pico años que pudo atenderse en un hospital privado y controlar la influenza, y el de un niño sin recursos que murió de influenza porque no lo recibieron en los servicios públicos de salud al no presentar fiebre. Este corresponsal ha estado informando con profesionalismo sobre la situación, pero ayer afirmó erronéamente que en las farmacias mexicanas se regalan, de manera habitual, muestras de medicamentos. Esto no ha ocurrido nunca en México, al menos que yo recuerde. Las muestras las obsequian los médicos para que el paciente no gaste en un país de medicinas carísimas y, en los casos de corrupción, las venden. Tal como ocurre con los encarecidos tapabocas blancos con una tira metálica arriba de la nariz que usted podría estar comprando por 50 pesos (unos 4 dólares) cuando su precio normal es de sólo cinco pesos en las tiendas de pintura Comex.
Este desangelado lunes 4 de mayo nos hemos desayunado con la noticia de que se relajarán las medidas sanitarias. No más escuelas cines, museos, librerías y restaurantes cerrados. No más desierto social y cultural en el DF, no más impedimentos para reunirse y conversar. (Esto estaba implícito en la medida sanitaria pero no era el objetivo según los que rechazan las explicaciones politizadas). Pero la emergencia sanitaria sigue vigente. “Podría repuntar el virus al abrir las escuelas”, informa Milenio Diario. Se sugiere, pues, que los habitantes mantengamos una distancia de dos metros entre persona y persona, y que en los restaurantes haya mesas vacías para aislar a los comensales. En la colonia Condesa, adonde me mudé antes del boom de restaurantes y antros que la convirtió en la zona chic de la ciudad en los noventas, además del uso obligatorio de tapabocas y guantes en quienes manejan vehículos del transporte público, las medidas sanitarias de Marcelo Ebrard, jefe de gobierno del DF, han hecho surgir desde el viernes pasado un clima de escepticismo entre los habitúes de cafés como el Toscano, de librerías como El Péndulo y del centro cultural del Fondo de Cultura Económica donde hasta sus detractores -los que dicen que parece aeropuerto y que no hay una buena selección de libros- “socializan”, como se dice ahora, con escritores y artistas que viven en el barrio y pasan tardes enteras hojeando libros en los cómodos sillones negros de lectura o en la cafetería donde los estudiantes consultan el Internet y, hasta que se descompusieron las tomas de corriente, recargaban sus computadoras y celulares. Más civilizados (o más incrédulos o más valientes), los mandamases del Fondo de Cultura abrieron las puertas dos o tres días, transformando la librería en el único oasis de la colonia y también en el único foco público de infección pues los clientes se sentaron como siempre en la cafetería, a pesar de que no se vendió café para evitar las concentraciones… Ironías de la vida, no cabe duda.

El subte en el DF
La mañana del viernes la sorpresa fue que los dueños de los establecimientos “Condechi” habían retirado las mesas de la calle (aquí llamadas terrazas aunque le roban sólo un pequeño espacio a las banquetas) y estaban entregando los pedidos para llevar a casa en tazas y platos de cartón. Se había corrido la voz de que las autoridades de la Delegación Cuauhtémoc aprovechaban la circunstancia para clausurar los negocios, lo cual significa, como siempre, jugosas multas. Quienes acostumbran iniciar su día con un café Illy y una hojeada a los periódicos -la cultura del café es cada día más importante- se contentaron con cambiar opiniones. “Se publicó que el director del Museo Nacional de Antropología e Historia murió de influenza” (no era verdad), “Camacho Solís (político) está internado con neumonía porque no se atendió a tiempo la influenza (era cierto), o “un cliente joven de Tacos El Güero murió hace unos días en el hospital (era conocido de uno de los socios del antro más concurrido de la calle de Tamaulipas y Parque España)”.
Para la tarde ya se hablaba de estados de sitio y/o toques de queda sanitarios para contener alguna amenaza del narcotráfico o de los mara salvatrucha que han consolidado su poder en el sur de México y van penetrando desde El Salvador. Como decía antes, los correos electrónicos se saturaron con mensajes sobre un falso simulacro para comprobar nuestra obediencia como ciudadanos, con avisos sobre las sospechosas visitas recientes del presidente francés y de Obama. Se comentó en corrillo que si el país estuviera viviendo una verdadera emergencia no se habría dejado tocar tierra mexicana a la celestial Carla Bruni y menos al flamante presidente de Estados Unidos. En estos días -no usaré la palabra “ominoso” para evitar la imprecisión y el melodrama- un denso silencio ha pesado sobre todos nosotros, huérfanos de esta pasional ciudad momentáneamente secuestrada por las autoridades del DF (en el Estado de México, contiguo a la Ciudad de México, no se cerraron los lugares públicos). Víctor Sandoval, poeta y funcionario cultural de 82 años, me comentó que seguramente era muy difícil sentirse sin ciudad, sobre todo tratándose de una urbe tan vibrante como la ciudad de México. En su natal Aguascalientes, donde él creó el Premio Nacional de Poesía más importante del país, acababa de cancelarse, por primera vez en 181 años, la tradicional Feria de San Marcos.
Pero, volviendo a tema, está claro que este virus mutante es una amenaza a la salud, pero también está claro que muy pocos conocen a alguien directamente afectado, como lo señalaba el fin de semana el hijo de mi periodiquero, un adolescente descreído del sistema y seguro de que todo ha sido una manipulación del poder. Lo que revela esta situación, puesto que NO es probable que nos infectemos en masa según dijeron por fin los noticieros del domingo en la tarde, existe una incapacidad crónica del sistema público de salud para atender las necesidades de los habitantes. Todos sabemos que las enfermedades son una grave amenaza para la clase desfavorecida. ¿Desfavorecida? Bonito eufemismo de una era light para nombrar a la clase jodida,un 70 y 80 por ciento de la población sabedora de que enfermarse significa esperar meses para la operación que urge, por no hablar de las miles de horas transcurridas en la sala de espera o en la fila de la farmacia de los centros de salud. También significa, y le ocurrió al padre de esta cronista, que, en medio de la sobrepoblación hospitalaria, a un ser querido le confundan la receta y pasen diez días conduciéndolo a la muerte con los medicamentos de otro paciente. Y como la clase media también llora, esto significa igualmente que si a usted le da un infarto, le ocurrió a la madre de esta cronista, no lleguen nunca las ambulancias de los hospitales vecinos con consecuencias fatales. Esto, en circunstancias normales, así que ustedes dirán.
El Miedo, pues, ronda la ciudad de México en estos días, el país completo y el mundo entero y no sabemos qué es peor: si tener miedo de un virus mutante de comportamiento impredecible en plena época de globalización y desarrollo acelerado de la ciencia, o bien temer la posibilidad de un acuerdo torcido de la OMS para favorecer a la industria farmacéutica, o de un acuerdo con el presidente más poderoso del mundo para crear un estado de pánico que oculte situaciones más graves, o del estado real de un país donde la desigualdad económica es
la norma. A mí, aunque desde luego evito besos y abrazos y saludos de mano, la influenza me hace lo que el viento a Juárez, como decimos a México en referencia a nuestro prócer del siglo XIX, pues estoy muy tranquila desde que los medios y las autoridades se dignaron informar que hay cura (lo primero que deberían habernos dicho). Bueno, esto digo de dientes para afuera, porque lo que es por dentro, señores, la procesión ha caminado de tal manera que el viernes, después de ver los noticieros, cada uno más disparado que el otro, fui corriendo al botiquín y me zampé tres tabletas masticables de vitamina C. El día anterior, en otro arranque de las 12 pm, después de los noticieros por supuesto, me tomé la segunda ampolleta de vitaminas A y D en menos de dos días (son semanales). Pero todo está bajo control en mi mente. No preocuparse por mí, si son tan amables. Antes de cerrar esta crónica para mandarla a mi colega y amiga Cristina Civale, cito aquí un correo que está llegando en este momento. Lo escribe un reconocido intelectual mexicano nacido en 1937: “Estoy asustado por la entrevista que le hizo al rector José Narro, nada menos que inmunólogo o infectólogo, (…) la periodista Carmen Aristegui. El Dr. Narro fue subsecretario de Salud en tiempos del “error de diciembre” de Zedillo (1994), culpable de cerrar, seguramente por ahorrativo, dos laboratorios oficiales especializados en hacer vacunas (!!!!!). Si lees en La Jornada del sábado los cebollazos que le echa la Academia Nacional de Medicina al secretario de Salud (p.15), te enterarás de que la Zwain Flu (como la llama Obama, bien informado supongo; aquí ya prohibieron llamar “porcino” al virus porque nos estaba quemando mundialmente) nos va a hacer los mandados gracias al ‘ esfuerzo y capacidad’, ‘inobjetable entrega y compromiso’ del ENMARAÑADO Dr. José Angel Córdova Villalobos, a quien por masoquismo escucho y veo en los informes diarios que nos receta por cadena nacional”.