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Juárez una frontera que resiste

Por Juan Carlos Martínez Prado, desde Ciudad Juárez, México

Apenas entré al lugar me di cuenta de que me encontraba en otra parte menos en una cantina juarense. La Cucaracha no era el típico bar del la frontera donde se escuchara música norteña y en su barra tampoco encontré vaqueros de botas picudas, cintos piteados y miradas furtivas. En todo caso su opacidad era todo menos aquello que atrajera y contagiara a la gringada que en tiempos mejores brincaba el bordo en busca de mujeres sensuales y droga barata.

Después de mi paso por otros sitios, supe de inmediato que en este bar habría sido tachado de imbécil si se me hubiera ocurrido pedirle al dueño que prendiera el televisor para disfrutar de un partido de futbol o de una carrera de autos, en momentos en que la mudez de las dos pantallas, apagadas todo el tiempo, parecían acentuar la atmosfera monacal del lugar, situado lejos del mundo y sus vanas noticias, pero eso sí muy cerca del vaho de Fela y Jimi Hendrix.

Juarez

Pero este aire no fue siempre así. En otros tiempos, La Cucaracha fue un salón bullicioso, lleno de aromas y perfumes caros. Un lugar asfixiante de humo de tabaco importado y ocupado por hembras arrogantes y voluptuosas. Los que las recuerdan dicen que eran mujeres seductoras. Cuentan que las más atrevidas deslizaban su piel por el hilo encebado de un columpio amazónico, suavemente empujado desde el abismo de un segundo piso.

Entonces corrían la primeras décadas del siglo pasado y por la Juárez desfilaban carros de lujo mientras Al capone cenaba un T- Bone con papas fritas y ensalada de lechuga y apio en D´Martinos, un restaurante exclusivo de manteles níveos, cubiertos de plata y sabor italiano.

Los años de gloria del Ranchito Escondido, como se llamaba este mítico bar, coincidían con la época en que la esterilizada conciencia del gobierno americano había dado pie al establecimiento de la prohibición de alcohol en su territorio. Los norteamericanos no encontraban un lugar seguro donde beber y jugar a sus anchas.

De este lado, en cambio, no existía temor de que la policía llegara y allanara los locales. Era el turno en que la pudicia de los güeros empezaba a sentirse cómoda en los brazos de los países vecinos. Sobre todo en sus casas de juego. Y los mexicanos y sus socios del otro lado del río, siempre tan consentidores, nunca dejaron de poner el ojo en los dólares que significó abrir su corazón y su bolsa a la melancolía extranjera.

Ahora las cosas han cambiado.

Juarez

A parte de su música selecta, la soledad de sus sombras y la conversación reminiscente de su propietario, aderezada siempre de frases jocosas y lecturas ancestrales sobre poesía inglesa, La Cucaracha, viéndola desde afuera, pienso, es la única cantina silenciosa del planeta situada a menos de diez metros de la desembocadura de una frontera sangrienta que separa a un país rico de un país pobre.

Desde sus puertas, en cualquier tarde, uno se da cuenta que su clima sombrío poco o nada tiene que ver con lo que sucede allá afuera. Con la rutina áspera del día que da o quita encanto a la vida. A esas horas, como en otras, cientos de juarenses vuelan de prisa hacia la joroba del puente. Nadie de los de a pie se escurre ni salva de pagar tres pesos como tributo para cruzar la línea y acceder a las mieles del imperio vecino. Seducidos por el gancho de los empleos pagados en dólares y por las ofertas atractivas de fin de semana, muchos aspiran con darle, aunque sea, un mordisquillo al mítico pastel de las marcas, los carbohidratos y la democracia americana.

Como se sabe, el puente Santa Fe es una de las cuatro rutas oficiales por donde entran miles de prendas y otras baratijas chinas para consumo de la pobreza mexicana. Esta tarde de septiembre, Rosario López, una juarense menuda y pecosa, empleada domestica en El Paso, Texas, compró, después de salir del trabajo, dos osos de peluche usados, ropa interior para el marido y un sartén con teflón para cocinar huevos. Todo traspasa el tímpano fronterizo, después de socavarlo mediante una intuitiva operación hormiga.

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Pero naturalmente no todo lo que cruza de El Paso  a Juárez es para la boca de los más desvalidos. Miles de toneladas de mercancías ingresan semanalmente a esta frontera con el objetivo de sanar la suntuosa hambruna de la clase pudiente, cruzada, desde tiempos de la bonanza económica, por el letárgico dardo del consumo enfebrecido.

Desde las puertas de La Cucaracha, la cantina menos típica pero si la más cardinal de esta urbe, trato de no perder los detalles de una tarde que se mueve a vuelta de rueda. Me doy cuenta que desde aquí se abren varios puntos de interés que apuntan hacia los oscuros vertederos de una amarga iconografía  juarense.

A escasos metros de donde termina  la Juárez, una calle que sigue haciendo ruido, pese a que las cuotas del narco y la depresión económica engulló sus años de gloria, observo  el desmayo de vatos que hacen fila en las tranqueras del puente. Sus rucas, enfundadas en shorts sugestivos, descienden de las trocas para comprar agua embotellada, papitas Barcel y cocas bien frías en el Del Rio más cercano. Son, en su mayoría, mujeres jóvenes y guapas, digamos, discretamente, coquetas. Huelen a alguna fragancia comprada en Ross o en los pasillos de algún mall texano.

Regocijantes, tomadas de la mano, dos morritas caminan por la acera contraria. Sus piernas, caniculares, curtidas por los soles persistentes de septiembre, acentúan su delgadez pegada a diminutas minifaldas de mezclilla.

–¿De caja dura o blanda? ¿Quiere cerillos, chief?  –Preguntan los cigarreros con sus cartones de tabaco americano y sus panzas abultadas. Corren sudorosos tras los autos para devolver a los conductores  el cambio en oro.

Muchachos de complexión ruda, rostros huraños y cachuchas beisboleras,  se apiñan en la esquina de la Juárez y Azucena. Planean los estropicios de un atraco callejero o simplemente se juntan para vivir la modorra interminable del fin de semana.

El Diario, ya viejo y deshojado de la tarde, resume en su nota de ocho lo cabrón que estuvo el jalesote de una banda de sicarios, que un día antes  asesinó  a boca de jarro a un enjambre de puchadorsillos, refugiados en un centro de rehabilitación para drogadictos, ubicado en la Bellavista, una de las colonias más viejas y mortales de esta frontera.

Se dice que los 17 chamacos caídos eran miembros de Los Aztecas y sus ejecutores eran parte de Los Mexicles. A los primeros se les vincula con el Cártel de Juárez y a los segundos con la organización del Pacífico. Como siempre sucede en Juárez, hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta los motivos de la masacre como tampoco se ha aprendido a ninguno de sus responsables.

Desde este mirador, se vuelcan estas y otras noticias como líneas de una acuarela que traza una parte del cuerpo maltrecho de este juaritos, ¡el number one! mi compa. El mismo, catalogado hoy como el más violento del mundo, con más de 130 asesinatos a mansalva por cada 100 mil habitantes, por arriba de Nueva Orleans y Tijuana. Es un jueves seco de septiembre. Son las seis de la tarde y por la cara me explota una ola de aire caliente que desnuda al desierto.

Justamente aquí donde acaba el tercer mundo y empieza la conjetura idílica de ser parte del lado americano, me siento testigo privilegiado del lugar donde nace la vida, pero también presiento, en medio de una desazón profunda y expectante, el ahogo de una región doliente que por su geografía y otras infortunadas razones le ha tocado ser tierra donde resucita la muerte.

–¡Que te valga verga, guey!

Solo esta frase lanzada, sin tapujos, desde un automóvil a otro, por una mujer muy joven, que parece más bien una niña, me hace pensar que aquí por duras que estén las cosas, existe todavía suficiente fuerza que mantiene en pie a estos testarudos habitantes del desierto, a quienes, pese todas sus calamidades, la humanidad tendrá que agradecerles su aporte  al trabajo duro y el invento de la afamada carrilla, una extraña y corrosiva herramienta del sentido del humor, con la que usualmente los norteños se desquitan, divierten y enfrentan la tormenta cotidiana.

En el mejor sentido, aquí nadie se deja de nadie. ¿Quihubole qué? Todo se escupe a bote pronto. Bajo un sol de cuarenta o más grados no existe linaje ni pudor que no se derrita. Sin cerros ni montañas a cientos de millas a la redonda ¿quién puede esconderse bajo esta luz tenaz sin que alguien lo pille?

¡Gringo, Go Home!

Si asumimos que el ADN de esta frontera es tan duro como el humus de su tierra y que el cuero curtido de sus habitantes ha resistido muros ignominiosos, maquilas expoliadoras, narcos incurables, climas extremos, crímenes seriales, empresarios rentistas, y autoridades muy corruptas,  entonces no nos extrañe de que bares como La Cucaracha acumulen historias pasmosas y ridículas como la de aquella noche de noviembre de hace dos años, en la que Bill Sanders fue echado de sus puertas, después de que este próspero texano, dueño de empresas, acciones de bancos y miles de acres en el sur de Estados Unidos, intentara orinar en el baño del lugar sin el debido permiso de su  propietario.

A los ojos de alguien que conozca de cerca la enfermiza propensión de los güeros de abatir a su vecindad por cuestiones de raza, la anécdota no deja de fascinar y de alcanzar cierto aire de hazaña homérica.

Esa noche, recuerdan algunos, Sanders entró al bar como Pedro por su casa. Y esa conducta irrespetuosa fue justamente la que  irritó a Roberto López, quien con cara de pocos amigos detuvo al gringo a medio salón y le advirtió que no podía pasar más allá porque el lugar no era público y los baños  eran únicamente para aquellos consumidores de algo. Sorprendidos de que alguien se atreviera a interrumpir el paso del que parecía su patrón, los acompañantes de Sanders  se quedaron inmóviles y con el pico bien cerrado.

Como  de costumbre,  el lugar se encontraba semivacío. Eran los tiempos en que la depresión económica y los escalofríos de la inseguridad  empezaban, sin distingos, a apretar el buche de los espeluznados juarenses. Si acaso tres o cuatro clientes bebían cerveza y conversaban sobre narcos insufribles, muertes violentas y enredos financieros, temas amargos pero apetitosos que, como ya vemos, día con día cobran mayor brillo en la mesa de la vida fronteriza.

Afuera, el frío mordía. Cada uno de los clavos negros punzaba más la piel de una gigantesca cruz de madera, pintada de rosa y levantada por feministas en la entrada del puente Santa Fe, en protesta por el asesinato impune de cientos de mujeres en la década pasada

El gringo salió encolerizado, volteó la vista como para enterarse de dónde lo echaban y sintió una punzada en el estomago cuando reparó en un letrero precario pero bien iluminado que decía: La Cucaracha.

Otra gesto que anuda la historia de Sanders con el carácter insumiso de esta cantina, fue, sin duda, la existencia de un letrero en sus puertas que alguna vez  prohibió la entrada de policías y soldados al lugar so pena de ser castigados con Another Brick on the WallGive Peace a ChangeLa Masa, acordes que germinan en la garganta de una rocola luminosa, situada en el vértice más extremo del salón.

Muchos de sus visitantes aún no olvidan aquel cartel, escrito con letra gorda y plumón azul, colgado frente a las narices de una unidad patibularia de soldados, quienes a cualquier hora del día o de la noche, al final de la Avenida Juárez, aún registran cajuelas, esculcan bolsillos e interrogan a inocentes, como para agregar más sal en la herida de la camorra fronteriza.

Y aunque Bill Sanders no es precisamente un militar o un policía, la noche en que la vejiga urinaria le estuvo a punto de reventar y esperó, retorciéndose en sus pantalones de marca, llegar hasta el lado americano para tirar sus miserias, el dueño de la Cucaracha, sin saber a ciencia cierta a quien se dirigía, desmembró, también, sin  proponérselo, el riñón artificial de una vieja y sumisa tradición de la diplomacia mexicana que radica en extender alfombras rojas a los pies de cualquier extranjero acaudalado.

A la hora del recuento inexcusable de la historia, no se podrán olvidar las amenazas y maldiciones del gringo. Lo cierto es que su paso fugaz por este lado del puente quedó pegado como carne al hueso y se convirtió en la anécdota que cuentan y celebran hoy día algunos de los parroquianos más fieles de este excéntrico bar.

Chuchos con Fe-la

Esta  noche  es de acordes fatales. Y en medio de este clima La Cucaracha se vuelve un bar de sabor impredecible. A diferencia de otros días en que no se para  ni una mosca,  hoy  el salón cuenta con más parroquianos, a pesar de la inseguridad y el vendaval económico que trasmina el alma y ha dejado los fines de semana las bolsas y las calles vacías.

Pero una ciudad acostumbrada al fandango siempre salva la cabeza del cadalso y en Juárez todos sabemos lo odioso que es  quedarse en casa un fin de semana  viendo la tele, enfrentándose al reproche estentóreo de la música que entra por las ventanas o  haciendo el amor con la mujer o el hombre de siempre.

Aunque las luces parecen más abatidas que nunca, la presencia de un grupo reducido de estudiantes jóvenes de la UACJ le quita peso a la oscuridad. Esta noche, las chicas dan rienda suelta a su gusto por la vida, al placer por el pool y a los chuchos baratos servidos  para vencer el hastío. Hablan de temas triviales, pero no se les va una, como se dice en la jerga fronteriza. Parecen flores dando vida a la penumbra. Se ven hermosas inclinándose sobre las mesas de billar, como  arcos cuya flecha delgadísima apunta casi siempre al lugar equivocado.  Sentadas unas en la barra y otras en las mesas, con delicada ternura, cruzan las piernas y aspiran el humo de sus Marlboro americanos.

En el pasillo de entrada, un decorado kitsch recibe a los clientes. Hay una foto  de Emiliano Zapata,  con los ojos cerrados y el corazón detenido. Está rodeado de campesinos de rostros adustos y miradas severas. Los desarrapados sostienen al caudillo del sur en  brazos ante la lente de una cámara perpleja. El rostro pálido y grave del rebelde asesinado en Anenecuilco, el 10 de abril de 1919,  pareciera anunciar, desde este remota garganta, la irrupción de tiempos volcánicos.

En las paredes existen otras imágenes que congelan la historia mexicana del siglo pasado. Hay un Venustiano Carranza solitario sentado en una silla con la mirada perdida. Un Pacho Villa, pletórico, con sus cananas cruzadas al pecho, su mirada puesta al cielo y sus manos viriles tomadas de la cintura. Todas son fotos  de los hermanos Casasola, fotógrafos emblemáticos del México revolucionario.

Son las ocho y media de la noche. La Cucaracha se mueve despacio entre la flojera y el barullo. Las universitarias, sin embargo, hablan de manera resuelta. Su razón sublime con la vida está ligada, al menos para Abril Zúñiga, una estudiante, morena y coqueta, del tercer semestre de Arquitectura, con el sueño de terminar su carrera sin contratiempos para conseguir un empleo, ya sea aquí o en El Paso, Texas.

La mayor parte de la población joven de Juárez nació en el otro lado por lo que la doble nacionalidad de estos miles de muchachos  ha terminado con pulverizar los límites fronterizos.

Pero hay otros, en cambio,  que desde muy temprano perdieron la nacionalidad. La de este y la del otro lado. Son aquellos que no tienen siquiera un acta de nacimiento, los que llegaron a Juárez de padres  escapando de la miseria del sur y los estados vecinos. Son los que ahora  la maquila desocupa todos los días. Es el ejército desempleado de chavalos problema, como aquí les llaman.  Son los que no vienen ni van a ninguna parte. Son a los que el narco les echa el ojo y los trata de enganchar para convertirlos en asesinos.  Ellos, obviamente no están hoy en La Cucaracha, ni en El Yanquis ni en ninguna otra parte que no sean los hoyos de las esquinas periféricas con las luces de los postes reventadas a pedradas.

Las chicas que aletean hoy en La Cucaracha, como ninfas azules encandiladas por una pálida luz fosforescente, pertenecen a la clase media deprimida. Visten sencillas. Esta noche, casi todas traen pantalones de mezclilla, blusas estrechas y huaraches de cuero. La distinción en el porte es la delgadez de sus cinturas bulímicas. Por ningún lado se ven las nalgas postizas que alguna vez fueron sensación en otros salones de la frontera. Los chavalillos llevan en la garganta escapularios del Che Guevara y en las muñecas decenas de pulseras indígenas bordadas a mano.

Además de las fotos de los Casasola, el bar guarda  una solitaria colección de instrumentos musicales, adquiridos, algunos, en la época en que su propietario atendió una tienda de artesanías y curiosidades en la Avenida Juárez. De esos tiempos viene la mandolina italiana que araña a estas horas la media luz de las paredes arcaicas y cuyo origen habría que rastrearlo en los sombríos años de 1880, entre la familia de los laudos, instrumentos de cuerdas con diapasón y clavijas hacia atrás que, de acuerdo con los oráculos de la música, se asomaron por primera vez a la humanidad, en épocas del Medievo y en sitios tan remotos como el norte de África y la parte más sud occidental del Asia Menor

Pero está noche, como otras, a nadie le preocupa el origen de esta mandolina. ¿A quién le importa la historia en Juárez?

A las colegialas las absorbe hoy el billar y la música de Fela. Algunas beben cerveza. Las más jóvenes, casi todas, se inclinan fatalmente por los chuchos, un brebaje fuerte y ancestral, invento de esta frontera, preparado con tequila y cachos de raíz de un macizo agreste de la Tarahumara, conocido como chuchupastle. Al fin al cabo son jóvenes. Están descubriendo hasta donde sube el calor de la vida. Están empezando a mandar todo a la chingada.

“Los chuchos están bien varas y luego, luego te empedan”, me dice  Abril. Su tono fresco y  provocador  me contagia. Le pregunto si quiere beber otro tipo de bebida. Pero ella no quiere otra cosa. Va por más chuchos a la barra. Después del tercer caballito, Abril me cuenta desde cuándo empezó a ir a La Cucaracha. Dice que fue después de que cerraron el After, su lugar favorito. Este antro fue en otro tiempo espacio  predilecto de los  jóvenes adictos al desparpajo y la calle en la frontera, hasta que una maldita noche de marzo un hombre de bigote poblado, frente torva y decorosamente vestido se acercó al lugar, anuncio pomposamente ser de La Línea, como se conoce aquí el brazo ejecutor del Cártel de Juárez, y, muy cortésmente, pidió cuota a su propietario.

–Comuníquese con el flaco –le dijo al dueño el hombre de camisa amarilla y de marca, extendiéndole un papel con un número telefónico.

—El se entenderá con usted –sentenció, antes de retirarse.

El dato no es trivial, si consideramos que en el último año y medio han cerrado en Juárez más de ocho mil negocios, entre distintos giros, debido al temor existente entre sus propietarios de ser asesinados, secuestrados o extorsionados por bandas antagónicas de narcotraficantes que se disputan el control de la plaza a sangre y fuego, con  una violencia típica del Medellín de los noventas. A través de la instauración de esta metodología del terror, la mafia  está prefigurando aquí  la existencia de su propio estado recaudatorio.

Pero estas reglas no están dirigidas solo a los medianos y pequeños comerciantes, en los últimos meses, en la medida en que las distintas bandas del crimen organizado se han ido repartiendo la ciudad, los secuestros y las extorsiones alcanzaron otros sectores de la llamada sociedad doméstica que en Juárez incluye  a académicos,  gerentes de maquila, burócratas, profesionistas, amas de casa y estudiantes, entre otros.

En este caso, la violencia perdió etiqueta. Se democratizó. Va contra todos.

Abril recuerda que El After estaba “bien chidote” hasta antes de cerrarse porque era uno de los pocos  espacios de la ciudad destinado netamente para ellos los jóvenes.

A manera de consolación dice: “La Cucaracha me late porque no hay mucho ruido y la música le gusta un chingo a mi novio”.  Abril, cuando habla de su novio, se refiere a un muchacho, quien acaba de terminar de jugar billar y ahora pide una cerveza y prende tranquilamente un cigarrillo desde un rincón de la barra. Él, no llega a los 19, tiene cara de niño espantado, cabellos revueltos, pantalones rotos y deslavados y hoy lleva puesta su  playera negra favorita, en la que sobresale la jeta abultada del Mick Jager sesentero.

Se llama Armando. “Nomás no ponga mi apellido”, me dice. Estudia el segundo semestre de derecho y por las tardes  ayuda en la cerrajería de un tío a botar chapas y hacer llaves, allá por la Jilotepec. Me le pego para sacarle plática y saber qué piensa sobre la bronca del narco y otros temas sobre los que no se ha escuchado hablar a los jóvenes en los periódicos locales, pese a que el 70 por ciento de población aquí tiene menos de 20 años.

Armando opina que en Juárez lo que se necesita es que los carteles lleguen ya a un acuerdo. El está seguro que ni el ejército ni la policía resolverán el problema del narcotráfico debido a que  Estados Unidos sigue comprando más droga y porque “todos los cuerpos policiacos mexicanos están infiltrados”

Dice que el problema del narco es un asunto de la autoridad que “tiene que ponerse las pilas y reaccionar atendiendo primero los graves problemas de pobreza que hay en el país”.

“La mejor manera de atacar al narco es abriendo escuelas y mejorando los salarios de la gente”, me dice este muchacho de mechones rojizos, cuyo razonamiento llano explica hondamente el temor que tienen los medios de opinión de indagar  en la juventud sobre estos temas, cuya complejidad, según algunos periódicos,  compete sólo al mundo de los hombres maduros.

En la soledad del crepúsculo, la música siempre ha sido una eficaz compañera. Por eso, estos agudos parroquianos convocan como cómplices esta noche a una etérea manada de viejos lobos de mar: Chico Buarque, Fela, Jimi Hendrix, Alí Farca, José Alfredo Jiménez, Miles Davis, Gilberto Gil, Coltrane, Silvio Rodríguez, Jim Morrison,  Ozzy Osburne, Lennon o Eric Clapton. Estos son sólo algunos nombres de esas bestias celestiales que alguna vez se les dio la maldita magia de sublevar la historia de la música. ¿Qué te gusta? Me pregunta López, antes de venderme un dólar para la rocola y aconsejarme sabiamente que ponga lo que me dé la gana

Abril, la adolescente universitaria, escoge Zombie de Fela Kuti, una canción larga y movida de trompetas y tambores africanos. Es un ritmo picoso y agobiante en el que el multiinstrumentalista nigeriano alude el hálito de una  historia mordaz de  asesinatos absurdos. La melodía recuerda una noche clásica de la tragedia africana. Quizá fue en la que Fela pagó a la fatalidad y a su terca oposición a los regímenes militares con la vida de su abuela. En 1977, cientos de soldados entraron a su casa y después de capturarlo lo golpearon. Esa noche hicieron prisionera también a una anciana que le costaba trabajo conciliar el sueño en una habitación contigua. Fueron por ella y la lanzaron desde el boquete de una ventana. La mujer murió en el acto, con la cabeza y la espalda quebradas.

Hay tardes  en que Roberto baja de las paredes un violín alemán fabricado en los albores de 1,780, y lo afina con fruición. Son minutos, tiempo muy breve, en que el silencio envuelve la frontera y una suave brisa se desprende de un mar cósmico que alguna vez fue el desierto.

Según cuentan los que saben, la madera fina de estos violines se frota con  barnices nativos, antes de que alguna mano celestial ensamble su piel íntima y vibrante.

La maquila y un fan de los Indios

Solitario, en medio de la barra, encuentro a alguien que está molesto porque el Indios, su equipo, va a la baja y está a punto de perder el lugar que alcanzó hace dos años en la primera división del futbol mexicano.

“Es que el entrenador está pendejo y los jugadores no la levantan”, me dice David Nateras Quiñones, este disciplinado integrante de la porra de los Indios, llamada El Kartel, con la cual ha asistido a la mayor parte de encuentros de la oncena juarense, incluso, cuando ésta ha jugado fuera de casa. Esa noche trae puesta naturalmente la casaca roji-blanca del equipo de sus amores y tapa su frente con una cachucha beisbolera de los Padres de San Diego.

David, nació en Zitácuaro, un pueblo perdido entre un paisaje de pinos altos y nubes bajas en el centro de Michoacán, el estado que más mexicanos ha expulsado hacia Estados Unidos, en los últimos años. Llegó a Juárez hace más de dos décadas. Después de fracasar en su intento de saltar el bordo  y de ocupar distintos empleos, a David ahora lo emplea la maquila en un puesto mal pagado. Esta noche se metió a La Cucaracha por equivocación. Sin embargo, pidió una cerveza y decidió quedarse para ver a las estudiantes jugar pool.

Nos agarramos a la plática. A pesar de su pasión desbordada por Los Indios no me replica cuando le digo que yo le voy al Atlas porque soy de Guadalajara, aunque tenga, como él, muchos años viviendo en Juárez.

La hora en La Cucaracha la ofrece un viejo reloj, réplica de los  que hace más de 100 años marcaron el tiempo en los edificios altos y aireados del ferrocarril mexicano, construidos de madera y ladrillo, en las décadas nuevas del siglo pasado. Alguna vez, manecillas como éstas marcaron el silbatazo de locomotoras primitivas que arrastraron por el país el peso de la autócrata cultura porfiriana.

El reloj marca las 10:40 de la noche.

Y Nateras me cuenta que quiere regresar a su tierra, porque las cosas en Juárez se han puesto “muy feas y cabronas”. La maquila donde labora ya anunció recortes de personal y por ahora ha programado paros escalonados. Nateras Quiñones percibe  por un día lo que un trabajador en el otro lado gana por una hora. El salario actual en la maquila es de 700 pesos a la semana, lo que significa 53 dólares semanales que no son más que siete dólares diarios. Una miseria con lo que una familia no alcanza a comer.

Ciudad Juárez es después de Tijuana la ciudad mexicana que más maquiladoras instaladas tiene. Desde hace más de 30 años empezó en esta frontera el boom maquilador y desde ese tiempo la urbe, con más de un millón 700 mil habitantes, se ha llenado de miles de migrantes de otros estados del País. De esos años a la fecha, Juárez se enganchó también al vagón  de un grupo reducido de  empresarios rentistas, quienes han multiplicado vertiginosamente sus capitales gracias a la especulación inmobiliaria y al acaparamiento ilegal de miles de hectáreas irregulares de suelo urbano.

A cambio de tanta riqueza, el 50 por ciento de la ciudad no tiene pavimento y su aspecto luce siempre sucio y descuidado.

Nateras acepta que él, como tantos migrantes avecindados aquí, es parte de un atractivo crisol que ha transformado Juárez. Sin embargo, dice, “están aquí no porque les guste la ciudad”. Se quedaron porque en sus lugares de origen no encontraron un empleo mejor pagado.

“Aquí hay gente de todo el país. Siempre encontramos trabajo, pese a lo cabrón del clima. Llegamos para buscar una vida mejor, pero ahora que la ciudad se llenó de sangre muchos ya se fueron y otros estamos pensando hacer lo mismo”.

“Si la maquila se va qué hacemos aquí. Ni modo que todos  nos volvamos  narcos”, me dice este hombre de piel morena, mediana estatura y mirada inquieta. Antes de despedirse me pide un cigarro. Su figura se pierde por el pasillo donde Emiliano Zapata descansa con los ojos cerrados.

El reflejo de la desconfianza mutua

Para muchos juarenses la inclinación de Roberto López por la literatura antigua debe ser una rareza. Es más, en Juárez,  el amor de este  excéntrico cantinero por poetas míticos como Edmundo Spencer está más conectado  con la vía láctea que con un mundo hecho al diámetro de la ambición de los negocios redondos.

Roberto habla con animosa sinceridad sobre pasajes olvidados de la poesía inglesa, sobre todo, le gusta referirse aquellos trozos que cuentan hazañas de caballeros osados, cuyo amor ha estado ligado a damas insumisas que irradian irresistible belleza. Sin embargo, esta noche, Roberto no parece estar de buen humor y elude  hablar de estos y otros temas con cualquiera que levante la cabeza sobre  el espejo de la contra barra.

Así que en vez de sacarle plática, me conformo con quedarme a observar  a hurtadillas los gestos de un hombre que llamaban mi atención. El temblor de sus manos que mueven  y levantan insistentemente el cristal de un cenicero, delata la presencia de un alma ingobernable, crispada, como oscurecida por una tribulación muy intestina.

Por el espejo observo a los clientes de las demás mesas. Me doy cuenta que el estado de ánimo del hombre pasa inadvertido. El tienepocos minutos de haber entrado al bar y parece que llega escapado de alguna otra parte donde le habrán jugado una mala pasada. Su inquietud es evidente. Sin embargo, su situación  no atrae la atención de nadie porque los temblores, los intercambios breves de miradas, el recelo y la desconfianza mutua son ya un tic generalizado en esta frontera.

En una ciudad, donde se registran al año más de mil 500 ejecuciones por ráfagas de metralleta y disparos con pistolas de nueve milímetros, la piel de sus habitantes forzosamente es otra. Pero esta mudanza de tejido cutáneo, no ha ido sola. Ha requerido del estreno de un nuevo y más sofisticado sistema nervioso que aún no supera el temblor de la expresión corpórea.

Por eso no es extraño que en Juárez seamos testigos de un súbito crecimiento de la venta de pastillas contra el estrés y de las clínicas de terapia sicológica, cuya renta ha prosperado junto al negocio de las funerarias locales y de periódicos sensacionalistas como el PM.  Al parejo de este abatimiento moral –más del 40 por ciento de los juarenses sufren algún mal depresivo, según especialistas–, se comprueba que la muerte en esta ciudad es un fértil abono donde fructifican furtivamente otras economías.

Al final y por la manera en que se va sosegando, me doy cuenta que el hombre no trae más que un soplo pasajero. Al llegar se sentó en una de las mesas del fondo y esperó fumando hasta que entró una mujer de extensiones castañas, cara bonita y jeans ajustados. Ella descargó más de tres bolsas de compras sobre las sillas, besó con pasión al hombre y platicó de la pendeja línea larga que tuvo que hacer para cruzar este lado.

Esta noche intuyo que el espanto de la ciudad tiene que ver con una sociedad que siempre vivió confiada con tener todo y un día  despertó con las manos vacías. De la noche a la mañana se esfumó la abundancia. La aparición de nuevos y exclusivos fraccionamientos residenciales,  la venta masiva de autos nuevos y usados, la sobre oferta de trabajo en las maquilas, pero sobre todo el dinero del narco circulando a raudales por las calles, sufrió  una contracción ruda y sin precedentes, dejando a la ciudad como un enorme pozo sin agua.

En lo que toca a la presión del narco, la sociedad fronteriza había vivido relativamente en paz hasta que se escaló la virulencia  entre los cárteles de todos los signos, después de que éstos fueron forzados a reducir sus cuotas exportación al mercado estadunidense y el presidente de México, Felipe Calderón, decidió echar el Ejercito a las calles para combatirlos, en los primeros meses de 2007.

¡Tómame otra, guey!

En una de estas últimas noches, La Cucaracha  está más muerta que nunca. A estas alturas, la ley antitabaco y sus rigores entraron de lleno a Ciudad Juárez y locales que no estaban preparados con fumaderos han visto como su clientela se va a otras partes donde una mordida a las autoridades  de Comercio es suficiente para que el humo de cigarro se confunda con cualquier otra nubecilla inofensiva.

El desanimo reina en el lugar. Pido una cerveza mientras Roberto me dice que las cosas van de mal en peor. Hay tres parroquianos tomando tequila en la barra y al parecer serán los únicos que esta noche consuman algo.

A esa hora, mientras un piquete de soldados ronda los alrededores y un escuadrón de sicarios despiadados ha asesinado a alguien, a menos de tres cuadras de donde me encuentro, según me entero después de salir por unos cigarros a la esquina, Roberto rasguña la memoria y me habla del Queene Faérico, un poema largo del poeta inglés Edmundo Spencer, escrito arduamente mientras se embarca a pelear en contra de Irlanda y aconseja al ejercito de su país tácticas de tierra arrasada para destruir, si fuera necesario, las costumbres y la lengua nativa de los irlandeses.

El Queene Faérico es  un poema escrito en inglés antiguo que le ganó fama a Spencer por la manera en que estructuró sus versos. Compuesto por cuatro mil 200 estrofas, cada estrofa de nueve líneas y cada línea de 10 silabas, según me explica Roberto, con este poema Spencer no sólo se  ganó la voluntad de la reina Victoria sino consiguió  300 libras de pensión de la corona inglesa con las que pudo seguir escribiendo y escalando su abigarrado estilo literario.

Roberto anuda la memoria y me escribe en el anverso de una tarjeta de presentación tres silabas de Spencer que revelan extramente esta noche la raíz premonitoria de la poesía.

Wrap in the eternal silence…

El tiempo se pasa de volada. Son casi las once y media y decido que es  la mejor hora para abandonar el centro y regresar a casa.

Sin duda, esta noche es una noche más en Juárez donde la muerte acecha imperturbable a su presa para hincarle el diente después de que ésta abandona su madriguera. No he caminado ni tres cuadras, cuando tropiezo con una cinta de color amarillo, en la esquina de la plaza del Mariachi. El clásico hiladillo advierte a una palomilla de curiosos hasta donde no pueden pasar. Sin embargo, la mirada colectiva se extiende más allá  y llega hasta el cuerpo del “muertito”, como se refieren aquí con ironía a los ejecutados por el narcotráfico. El cadáver es otro más, sin nombre y sin registro, sin quien reclame su muerte por temor de que le suceda lo mismo.

Es viernes 11 de septiembre de 2009. Recuerdo bien la fecha porque fue la primera vez que vi de cerca lo que casi todo mundo ha visto en esta frontera: un hombre cosido a balazos, tirado de bruces a media banqueta, con el rostro pegado al suelo, como rastreando el olor de su propia sangre.

Pese a la orfandad de su postura, tibia sombra sobre el pavimento, el último araño que dio a la vida pareciera haber recorrido de ida y vuelta lugares hondos e insolubles.

Con el resplandor del primer fogonazo, su rostro percibió, pienso, el soplo suave de una tarde en que jugaba al futbol con sus compas en el barrio. Atisbó la mirada juguetona de la muchacha  que por primera vez besó en la casa de su cuñado. Recordó los ojos tristes de su madre. Escuchó la voz de su mujer y de su niño cuando hablaban al celular y él les cortaba la llamada porque está bien entrado en el jale. Vio el aula desvencijada de la escuela donde estudió y nunca alcanzó un diploma. Recordó la esquina del barrio,  su refugio predilecto, donde tuvo su primer apodo y se sintió más hombre y más suelto.

Como ha sido siempre aquí la costumbre, el ejército y la policía acuden a la escena del crimen con casi dos horas de retraso. Hay tiempo para que jóvenes despierten de la borrachera, salgan del Yanquis y se retraten con sus celulares de moda. Una bota marrón, una texana barata y una camisa de cuadros, por donde aún escurre la sangre, es el fondo perfecto para la imagen de una chavala  de cuerpo inocente que sonríe a la cámara y pide a la amiga le saque más fotos, como presintiendo que el futuro ya no existirá mañana.

¡Tómame otra, guey!  –dice la muchacha pausadamente, como si sus palabras arrastraran un oscuro y pesado fardo de arena procedente de la barriga de un desierto a esa hora revuelto.

La policía empieza a llegar. Atrás de ellos, viene un camión con muchachos con caras del sur, vestidos de verde olivo. Somnolientos, estiran sus pesados fusiles que apuntan a la lejana cara de la luna.

Dejo el lugar. Para salir debo saltar una muralla de mirones que impiden el paso. Cuando volteo por última vez, veo al cadáver y al rostro pálido de estos jóvenes poseídos de un extraño jolgorio. Los más tiernos habitantes de este páramo no perdonan que hoy sea noche de viernes y sea noche de muertos. Es el síntoma, me digo, de la enfermedad letal que azota tempranamente al siglo XXI: la indiferencia como sinónimo de coraza.

Qué importa la muerte. No hay que dejar ir el rato. Hay que sacarle jugo a todo. Disfrutar lo que se pueda y se deje. Consumir vorazmente las sobras de la noche, antes de que los jefes ocultos decidan otra cosa.

Antes de abordar la camioneta, estacionada en uno de los callejones derruidos de La Mariscal,  aún poblada a esas horas por travestis melancólicos y prostitutas famélicas, recuerdo la rocola de la otra noche en La Cucaracha y el aire tibio trae Zombie de Fela:

Tell am to a go straight

A joro, jara, joro

No break, no job, no sense

A joro, jara, joro

Tell am to go kill

A joro, jara, joro

Tell am to go quench

A joro, jara, joro

No break, no job, no sense…