La singularidad de la pintora Leticia Barradas (Mexico,1972) en el campo de la ilustración y de la pintura, no debe reducirse en lo absoluto a su condición femenina, en apariencia minoritaria en este ámbito de la creación plástica y mucho menos hacer rebaja anecdótica de su obra pues sus raíces están hincadas en una disciplina constante. Su talento radica en el poder para convertir por igual la jactancia humana, nefasta y prejuiciosa, como la insobornable altivez de la dignidad e incluso, las mas legítimas aspiraciones de mejoría en justicia y verdad, nunca práctica por cierto, en testimonio ilustrado del tiempo que nos tocó vivir.



Su reflexiva afectividad, la metáfora de sus ideas, el trazo profundo que recoge lo fundamental de un acaecer en la vivencia cotidiana, no le impide puntuar con mirada certera, lo que hay de trascendente en la sensibilidad lírica de sus composiciones, lo atinadamente justo de las siluetas de que se sirve y por sobre todo, su habilidad para hacer semblante de las cosas a partir de inusitados ensambles infantiles. Con ello, su comentario figurativo, deslinda con claridad cuestiones de nuestra actualidad que alardea de una coherencia postiza persistentemente inoportuna y gratuita complejidad. Así, la cotidianeidad que miramos al pasar, decididamente laica y pragmáticamente utilitaria, da la impresión de querer mantenernos separados del mundo y ajenos a sus vicisitudes, obligándonos a movernos en ella con aplicada resignación.
Ahí donde la forma recorta al fondo, es donde surge precisamente la ligadura entre un guiño de ojo y un entrever maliciosamente ingenuo, no carente de propósito. Asistida por ordenador o en el trazo a mano alzada, Barradas es capaz de comunicar ese otro sentido de lo aparente, el aspecto cáustico de su apreciar, pues su obra establece una ecuación mínima, económica, que amarra el discurso del entredicho para establecer una ligadura entre quien mira y el asunto a tratar. Implanta así, un lazo social efectivo que emana de su obra lo aceptemos o no. Toda comunicación posible que establece, esta dotada de innumerables evocaciones y señalamientos que hacen del discurso que se sostiene en entre líneas, en entre figuras, una verdadera causa y motor de su palabra en tanto crítica proactiva.
Borregos alados, asnos festivos, payasos aislados, o navíos celestes de su repertorio analítico, plantean la situación de lo que uno puede encontrar a la vuelta de la esquina, en pasajes subterráneos del Sistema Colectivo o en sesiones plenarias sin quórum, pues en los viejos y nuevos tiempos, todo es posible. Leticia Barradas hace del desmembramiento colérico de la cosa pública, motivo de reflexión e introversión que permite que todos los elementos allegados se transformen en otros, como si en efecto, existiera alguna razón que explicara los hechos a que alude. Parece incluso, tarea de la fortuna, evidenciar, sin ofensa grotesca, alabanza gratuita o piadosa contemplación, lo que en efecto nos atañe. Estos serían quizá, los argumentos y las bases políticas de un quehacer que no pasa, ni puede pasar de moda, porque no hay memoria de silicio que pueda competir con la resuelta imaginación y creatividad humana.
Mtro. Fernando Figueroa Díaz.