Magali Tercero, desde Ciudad de México
Me he dado una vuelta por la céntrica Plaza Francisco Zarco, relativamente cercana al Zócalo de la ciudad de México, para saber cómo viven los niños de la calle la concurrida fiesta de San Judas, el día 28 de cada mes. Durante el último año esta conocida población flotante de niños ha disminuido sensiblemente. Claudia Fernández, artista plástica y directora del Proyecto Meteoro que durante cinco años se ha impuesto la misión de impartir talleres de oficios para proporcionarles algún modus vivendi, explica que la “banda” empieza a marcharse. Los niños que tomaban su taller en el espacio del Laboratorio Arte Alameda, frente al centenario parque del mismo nombre, mis jóvenes entrevistados de 2007 y 2008, están cansados de vivir a la intemperie y algunos han comenzado a prostituirse en los hotelitos de los alrededores del Panteón de San Fernando. A otros se les ve, como sucedió este 28 de septiembre de 2009, agazapados en las coladeras. Es decir, de regreso en el lugar de donde fueron expulsados en 2000. Tengo recuerdos semejantes de 1998, cuando los niños eran los habitantes más visibles del jardín situado frente al Centro Cultural Martí, al otro lado de Reforma, y yo colaboraba con el recién formado Instituto de Cultura de la Ciudad de México bajo el primer gobierno de oposición en la capital. Ese año hubo una razzia y los mandaron, según se publicó en los diarios, a albergues diversos. Después, ellos mismos se reubicaron en la Plaza y ahora, por lo que se ve, pasarán un tiempo escondidos.

El 15 de mayo de 2008, hace poco más de un año, escribía yo en mi diario dedicado a la investigación sobre la vida de los niños de la calle: “El silencio es total. Hay una docena de personas, entre adolescentes y adultos, ocupadas en hacer dobleces al papel para formar la figura de un pez. El instructor menciona que esta actividad exige concentración absoluta de la mente, el cuerpo y los sentidos. ‘Propicia el olvido’, murmura, como si hablara para sí mismo. La frase atrae por la dosis de verdad contenida en ella. Observo los rostros de los alumnos: niños de la calle e indigentes adultos voluntariamente sumados al Proyecto Meteoro. Noto en ellos (¿o eso quiero ver?), una especie de callada felicidad. ¿Crees que están deprimidos?”, pregunto a Paula, doctora en medicina alternativa que se integró al grupo hace cuatro años. Niega con un movimiento de su cabeza castaña. Va a pronunciar un ‘no’ llano cuando algo la detiene: ‘¿Sabes? Son como cualquier grupo de adolescentes en una secundaria. Cuanto están juntos echan relajo, quieren pasarla bien, hacen bromas. Está el violento, el que es más suave, el galán, el latoso, el tímido que todos molestan. Hay de todo. No están deprimidos, sólo tienen otras reglas. Son muy rebeldes. Son como juniors sin dinero, como dice el Taka Fernández, artista responsable de algunos talleres. Tiran la chamarra al suelo y te dicen ‘recójela’. Te retan porque quieren demostrar su poder, pero no están deprimidos’, cuenta Paula.
“Los observo. Hay en su expresión un discreto gusto de hacer. Hace unos años Lorna –crítica de arte inglesa radicada durante muchos años en México– me dijo que de los hombres le atrae esa alegría y esa concentración que ponen en las cosas que aman. Estábamos en Londres y me hizo recordar amigos mutuos del DF. Luego escuché la misma idea de labios de su madre. En cierto modo estoy mirando a estos niños con los ojos de ambas. Hoy es un jueves especial pues Claudia y yo hemos tocado el tema de la muerte de Olivier Debroise, crítico y curador de origen francés fallecido intempestivamente el 6 de mayo. Era uno de sus mejores amigos. Pregunto qué opinaba él de Meteoro y la respuesta es inmediata: “Le encantaba. Tú dirás: iniciamos los talleres con su grupo Teratoma. Fue el primero en darnos un espacio para los niños de la calle”. Claudia baja la vista y observa una pequeña caja azul con tapa verde. La hicieron los participantes del taller de origami. “Mira, aquí vamos a llevar las cenizas de Oli a la boda de Pablo. Nos robamos un poco sin que se diera cuenta la mamá. Qué raro, ¿verdad? La boda se juntó con la muerte de Oli. Todavía no me cae el veinte”. Voy a decir una de mis frases, ‘se juntaron la vida y la muerte’, cuando llega Erika Cuna, ex niña de la calle de 24 años. ‘Mira mi ultrasonido. Aquí está mi bebé. ¡Está grande pero no se me nota!’, informa mientras se alza la blusa y muestra una leve pancita. Tengo ganas de ver pero no me da pudor pedir el estudio a la chica. Viendo mi indecisión, Erika sonríe con cierta sorna suave, poniendo cara de flojera porque su directora le dice que coma verduras. ‘No te monees porque… por favor… con tanta droga el niño va a nacer con el cerebro hueco, todo cucho’.
“Paula dijo hace un rato que aquí ha conocido a varios bebés. ‘Los han traído con dos días de nacidos’. Pasan muchas cosa todo el tiempo. Me ausenté dos veces del taller y ya hay una historia nueva sobre otra chica: América, una jovencita guapa que es muy buscada en esto de la prostitución. Tiene diecisiete años y una niña de dos meses. Hace quince días Jimena, hermana de Claudia, la iba a llevar con la pediatra. Cuando me despedí –el día que el artista Richard Mozska finalizó su taller de serigrafía sobre camisetas y dio la bienvenida al maestro de origami– América seguía siendo la alumna puntual que asistía acompañada por su amiga Erika. Vivía en la casa de un benefactor de los niños de la calle, un señor que puso un comedor y abría las puertas a todo el mundo. Ahora Miguel Ángel, psicólogo social involucrado con Meteoro desde hace tres años, cuenta que la policía fue a buscar al hombre a la casa porque estaba vendiendo droga. Las adolescentes le servían para conectar clientes. En el velorio de Debroise Claudia me preguntó si iría el siguiente martes. Asentí y entonces ella, con cierta gravedad en la mirada, dijo ‘ya te contaré lo mal que andaba todo’. Pensé lo peor, que la niña había nacido con daño cerebral por la adicción de la madrre. Ya me habían advertido cómo se van enganchando emocionalmente quienes trabajan con niños de la calle. Pero mi ansiedad, en esta ocasión, estaba fuera de lugar. La bebé estaba bien. Era América quien se había convertido en un gancho sexual para el señor aquel que también fue niño de la calle, el hombre del supuesto comedor de asistencia social.
ROPA VIEJA PARA TODOS
“‘No. No están deprimidos. Son como fuimos todos a esa edad’, termina Paula. Y sin embargo, cuando platico con ellos es visible su reticencia en lo tocante al tema familia. Es evidente el rencor cuando se refieren a sus estancias en la cárcel. Paula cuenta cómo se enamoran, intercambian novios, se pelean con su mejor amigo. Son iguales a cualquier joven excepto que todo es muy intenso para ellos. Los atropellan en la calle y para ellos es normal. Pasan ocho meses en la cárcel y salen como si nada a seguir viviendo en la calle, a continuar buscando comida y trabajitos menores para comprar solventes.

Puede ser que no estén tan deprimidos porque forman una familia. Pero están acostumbrados a vivir en medio de la violencia. A veces un niño sale del núcleo de la calle y comienza a trabajar… Los que lo logran regresan casi siempre con su familia adoptiva de la calle. En el trabajo, cuando consiguen alguno, se sienten solos porque no trabajan como los demás. No tienen concentración, disciplina, tanto monearse… drogarse pues… les ha quemado neuronas. Los compañeros de oficina lo ven y los marginan. Saben que son diferentes. Entonces mejor se regresan a la calle. Ahí todos son iguales y no hay responsabilidades.
“Lo que sí hay son desprecios. Gente que les grita que ya hagan algo con su vida. Aunque también hay muchas buenas conciencias encarnadas en mujeres de los suburbios de la clase media alta que llegan con bolsotas de ropa vieja de sus hijos. Estos niños necesitan vestido para evitar el frío durante las madrugadas otoñales e invernales. Hay que verlos recibiendo, con las caritas relucientes u hoscas dependiendo del carácter, las remesas de ropas y pan blanco, el tradicional bolillo mexicano, que les llevan las señoras en sus autos lujosos. Hubo una “dama muy buena”, me dijeron un día, que pagó atención médica a uno, ya adolescente, que había sido atropellado. Y le salvó la pierna. De que hay gente con buenas intenciones la hay. La cuestión es cómo convertir su esfuerzo en algo útil a largo plazo. Estamos en una sociedad que tiene poca idea de cómo hacerlo.
“En Wikipedia, la enciclopedia electrónica escrita al alimón por numerosos usuarios de la red, hay ahí muchos errores. Pero esto suena sensato: ‘Niño de la calle es una forma de denominar a los menores de edad que carecen de residencia estable y, en la mayoría de los casos, de un núcleo familiar. Hacen de la calle su hogar convirtiéndose en marginados sociales’. Anda pues, si me lo dijo Paula en la mañana. El fin de semana leí en El País una entrevista con un cantante brasileño que fue niño de la calle. Olvido el nombre, pero recuerdo su insistencia en lo difícil de ser una persona sin identidad, sin dirección propia ni nombre consignado en una credencial. ‘Dejé de ser una persona’, repetía el ahora famoso al reportero carioca. Debe de ser uno de los escasos niños de la calle que han logrado integrarse a la sociedad.
ERNESTO R. LOGRO ESTE CUERPO EN 11 MESES
“‘¿Viste el anuncio del metro?’, pregunto a Miguel Ángel. En él se advierte sobre los riesgos de la droga: ‘Ernesto R. Logró este cuerpo en 11 meses. Ernesto hace 11 meses pesaba 70 kilos, era muy activo’. De acuerdo con la foto, Ernesto R. es un muchacho esquelético, debilitado por la anemia, de mirada avergonzada. Miguel elogia vivamente el cartel mientras mi mente se queda fija en la imagen ya no del chico retratado, sino de la pinta de los niños de la calle de Meteoro. Intento teclear dos líneas más pero tres palabras después he perdido la concentración… Debo detenerme para pensar cómo estructurar este apartado. El mundo cabe en una crónica, me digo, y quizá tendré que buscar un caos propio. Es decir, si quiero que en esta crónica quepa un mundo deberé crear un caos artificial. En el café donde escribo una joven extranjera le cuenta a alguien cómo creyó tener muy bien organizada su vida mexicana cuando tuvo casa, trabajo y novio. Las cuestiones básicas que dan forma a la vida de un ser humano. Minutos después me sorprende. La existencia le está enseñando cuáles son las cosas que desorganizan una vida. El poeta brasileño Haroldo Conti se aferró a sus hábitos cuando estuvo en la cárcel. Se impuso horarios personales. Le fueron esenciales. La muchacha extranjera confiesa: “Mi novio está en plan de cero cariño… Anda conmigo casi porque le insisto que agarre el coche para verme… De no ser por eso’. ¿Y el novio de América?, me pregunto. ¿Y el papá de su hija? Los niños de la calle tienen hábitos y estructura extremadamente básicos. Bernardo, ex alcohólico de 42 años, también integrado a los talleres para poder cobrar sus veinticinco pesos diarios, insiste cada vez mas irritado: ‘Nuestra única preocupación es desayunar, comer, cenar y dormir… ¿Dónde vas a comer hoy? ¿Y a dormir?. Esa es toda nuestra conversación. Yo no me quedo en esto. Ni madres’.
“En esta plaza, ubicada a unos cuantos pasos del Templo de San Hipólito, a donde llegó vía los claretianos de Chicago el jugoso culto a San Judas, se recuerda al gran periodista decimonónico Francisco Zarco con unas líneas grabadas sobre la piedra blanca. Son del ex presidente Gustavo Díaz Ordaz (bajo su mandato ocurrió la matanza de estudiantes del 68 en la Plaza de Tlatelolco). O son palabras de su ghost writer personal y están dirigidas a los periodistas que, como hiciera Zarco, se empeñan en buscar la verdad y la justicia. Es cierto. Ahora, un año después, han quedado menos de quince niños de la calle en la zona. Pero los que siguen viviendo en este lugar son un mentís violento a la cháchara de políticos como Díaz Ordaz. La Plaza Zarco, sin embargo, es un oasis para los niños de la calle, ajenos a hechos sangrientos como los mencionados. Atrás de la estatua tienen un lugar privado para sus necesidades. Hay una fuente cantarina donde se bañan, lavan ropa y luego la secan al sol. Es su espacio también porque al ser una plaza hundida, escondida del tráfago urbano, pocos transeúntes se atreven a visitarla. Cada 28 de mes los niños de la calle escuchan desde este su hogar las misas dedicadas al santo. Les gusta esa fecha no necesariamente por católicos. También porque saben que en San Hipólito hay mucho movimiento económico. En días normales van allí para que les regalen ropa y despensas y consejos. Si quieren dejar la droga, firman una promesa y se comprometen a no monearse durante tantos días, semanas o meses como ellos quieran. Se llevan su estampa de San Judas firmada por el sacerdote”.
Pero dejemos aquí los apuntes de 2008. Claudia piensa que algún grupo de trata de blancas está aprovechándose de los niños de la calle. Ya no los vemos ni por Zarco ni por Violeta ni por ninguna otra calle porque están encerrados en los hoteles y no pueden salir ni escapar de la explotación. Al menos eso supo ella por boca de algunos alumnos de Meteoro. En 2004 convenció a Francis Alÿs (1959), el artista belga avecindado en México que ha logrado renombre mundial, de la importancia de buscar caminos. Así fue como casi el monto total del premio internacional Blue-Orange, que le fue otorgado en Berlín aquel año, se tradujo en 70 mil euros, entregados por dos importantes bancos alemanes, para alimentar el Proyecto Meteoro. En marzo de 2009 se presentó en el Museo Tamayo el producto de estos talleres de oficios: lámparas, gabardinas hechas con lonas de espectaculares, sillas, mesas y mobiliario en general. Me pregunto si realmente la venta de estos objetos se convertirá en un modus vivendi para los niños de la calle. Hace poco supe que el perro favorito de una gran benefactora de niños de la calle fue sometido a un trasplante de córnea. No sabía que existían esas operaciones para animales. La información me ha megasacado de onda. Será que en 2003 llegué en safe a mi propio transplante de córnea, a salvo de siete y ocho oftalmólogos incapaces de decirme que no podían ayudarme, dedicados a administrar dosis de medicamentos sin orden ni concierto porque en México se conoce poco la infección que me dobló. Será que ya había huido a toda velocidad de otros dos médicos empeñados en arrancarme el ojo derecho para terminar con el bicho depredador. Será que esta historia me toca muy de cerca. Aunque haya logrado salvar mi ojo, muy lejos de aquí, en Londres, donde por fin me sentí a salvo de la falta de conocimiento científico y disciplina de mi México lindo y querido.
LA VOZ SILENCIADA DE LOS NIÑOS
¿Será imposible reintegrar a estos grupos a la sociedad? Meteoro es útil porque crea una comunidad donde se resuelven problemas urgentes. Claudia y su equipo han vigilado no sólo el desempeño de los niños sino su estado de salud. Toda alumna embarazada cuenta con vigilancia médica y ayuda para la manutención del bebé. A veces la directora de Meteoro hospeda en su casa a alguna de estas madres adolescentes. Se van pronto porque ya están muy hechas a la vida de la calle. Los niños de la Plaza Zarco padecen de adicciones graves y su salud está escadalosamente mermada. Varios han muerto. En cuanto a su confianza en el mundo, es claro que es casi nula y les impide relacionarse con los demás. Los chicos con los que hablé entre 2007 y 2008 tienen como obsesiones la violencia, la ira ante el abuso de civiles y autoridades policíacas, el maltrato de los padres que los obligó a abandonar el hogar pero llega a presionarlos para que regresen, la necesidad de droga que los insensibilice al hambre y al frío. Algo más: aunque quisiéramos pensar lo contrario, en los albergues, oficiales y de instituciones de caridad, abundan el maltrato y la incomprensión. En enero de este año se destapó una cloaca particularmente pestilente… El secuestro de varios niños por parte de una secta evangélica disfrazada de albergue infantil. La Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF) rescató a 116 niños de dos sedes del albergue Casitas del Sur después de que se denunciara la desaparición de cuatro niños.
Manuel Llorens, autor venezolano del libro Niños con experiencia de vida en la calle, publicado por Paidós en 2005, refiere el caso de un centro de rehabilitación donde se prohibió a los niños el rap. La dirección del centro consideró peligroso este tipo de música. Tiempo después un artista de Caracas, Igor Barreto, decidió grabar un disco donde ellos cantaran sus experiencias a ritmo de rap. Con este Cancionero expresaron sentimientos profundos: “Lo verdaderamente importante –escribió Barreto en la portada del disco– es el hecho estremecedor de escuchar por primera vez la voz silenciada de los niños de la calle”.
A CINCO PESOS LA DOSIS
En ese sentido, Proyecto Meteoro ha funcionado como un espacio terapéutico. Con la asistencia del psicólogo social Claudia creó un espacio seguro. También les retribuye por cada clase que tomen, a manera de darle un valor justo a su trabajo: un arma de dos filos pues ya vimos que hay quien asiste sólo por agenciarse los veinticinco pesos. Hoy 28 de julio no están los chamacos que entrevisté hace un año. Al menos no reconozco a ninguno. Por ahí anda una pareja claramente drogada que se hace arrumacos. Ni él ni ella pasan de los 18 años pero tienen un bebé de cuatro meses metido en una cuna desvencijada. El padre se quedó sin brazo izquierdo (su muñón llega arriba del codo) debido a un accidente. Están vestidos más o menos bien –en la calle a nadie le falta ropa ni comida porque hay muchos lugares donde conseguirla–, pero las manchas oscuras de sus rostros son señas no de desaseo –pueden bañarse en la fuente de la Plaza Zarco o en algún albergue– sino de la reacción de la piel ante los fríos severos de cientos y cientos de madrugadas invernales bajo cielo abierto, a un alto nivel de intoxicación con solventes que les van quemando el organismo desde dentro. No platico mucho con la pareja porque ambos se ven felices y, por tanto, no tienen gran cosa qué contar. La felicidad express que da la droga puede constatarse siempre en estas comunidades. Es muy probable que bajo el colchón del bebé haya solventes. Así funcionan muchos narcomenudistas. El año pasado Miguel Ángel, enteramente entregado a Meteoro y a una ONG de indígenas del sur del país, me hizo ver, durante un recorrido corto por los alrededores de la plaza y del cementerio de San Fernando, la dinámica de intercambio de drogas. Los plateados carrazos de los que descienden personajes diversos para surtirse o para vigilar a sus empleados. En aquel entonces una joven escarbó hábilmente en la cuna de su bebita de seis meses, sacó un pequeño bulto de debajo del diminuto colchón y se lo extendió a dos señoritos –diría Ángel del Campo, cronista del XIX–, que no parecían niños de la calle. Entonces una dosis de solvente costaba cinco pesos, pero puede haber subido en el último año.
Miguel coincide en que el comportamiento de estos adolescentes es igual al de un junior. No es extraño. En ambos extremos de la escala social se padece un mismo abandono afectivo, sólo que los llamados “niños ricos de agenda” pasan sus tardes metidos en clases de inglés y natación que liberan a los ocupados padres de atenderlos emocionalmente. El dueño del puesto de cocteles de camarón, ubicado frente a la Plaza Zarco, menciona a los padres bien vestidos, al volante de un auto lujoso, que llegan cada semana a preguntar por sus hijos. En julio del año pasado, un hombre y una mujer más bien guapos, apenas aproximándose a los cuarenta , anduvieron desesperados por encontrar a su hija de 13 años. Ella había escapado varios meses atrás. Después la encontraron viviendo en el Puente de Nonoalco. No pudieron llevarla a casa. Era la líder de un grupo de niños de la calle porque tenía dinero suficiente para alimentarlos sino para drogarlos. Esto me hace recordar al taxista amigo de un señor rico cuya compañía habitual eran los indigentes de una placita del Centro Histórico. Aquel hombre llegaba todos los días a visitarlos en un auto negro de buena marca. A las dos en punto ya estaba ahí comprándoles comida en los locales cercanos. Realmente se sentía bien entre los teporochos. Éstos lo recibían con mucho cariño y, a decir de mi entrevistado, juntos integraban una familia. El hombre llevaba muchos años alcoholizándose. Poco a poco, relataban los dueños de las fondas vecinas, fue quedándose sin la su otra familia, la oficial, la aceptada socialmente. Los únicos que entendían su vida eran los miembros de aquella comunidad callejera.
Las imágenes se amontonan de camino por la Plaza Zarco. Los fieles de San Hipólito van y vienen de las misas en honor a San Judas. Un viento veloz me trae un aroma conocido, el de la mariguana al ser fumada. Alzo la vista y muy cerca está un hombre, de unos 32 años, dando instrucciones a dos niños que se bañan alegremente en la fuente. Se han quitado toda la ropa excepto la trusa. Con movimientos un poco desarticulados se tiran juguetonamente el agua a la cara curtida por el sol y, tal vez, por el solvente. “¡Vístanse ya!”, ordena el papá. Trae un toque o cigarrillo de mota en la mano derecha, apenas oculto por sus dedos gruesos. No le gusta que yo ande cerca de mirona. Va bien vestido y, sin embargo, algo en su pinta hace pensar que muy bien pudo ser, hace unos quince o veinte años, un niño de la calle. En Casa Alianza no encuentro a nadie con quien platicar, pero hace un tiempo me contaron de la rehabilitación de un niño que antes vivía en unas cuevas del Estado de México. Su familia estaba por debajo de la miseria y él apenas sabía hablar. Este grupo observaba conductas primitivas. Por ejemplo caminar como simio. “Yo los vi, yo los vi”, insistía el psicólogo de Casa Alianza.
Lo importante es que hoy, día de San Judas, la Plaza Zarco está de fiesta y los tiangueros han colocado sus puestos en el espacio de los niños de la calle. Habrá algunos que estén sentados junto a los puestos de sopes, pambazos y garnachas, dándose un banquete. La gente, por única vez en todos los años que llevo visitando esta colonia, pasea por la plaza como si fuera La Alameda. Ya no hay peligro porque los niños fueron levantados. No hay apestados que uno no quiera mirar. Hoy todo está vestido de luces. Incluso los jovencísimos padres de la calle. El año pasado pasó algo más. Pocos días después de que América dio a luz, me encontré a una mujer que dijo ser su madre. Yo iba saliendo de Casa Alianza cuando apareció una mujer robusta, con el fleco sobre la cara tapándole el lado derecho, para preguntar por América. Quise entrevistarla, decirle que su nieta había nacido bien, que ya la había conocido y que era una bebé hermosa. Sólo obtuve monosílabos. Si era o no la madre de América no quedó claro. Quizá sólo era una más entre quienes sacan provecho de la situación de estos niños y los explotan carnalmente.
Magali Tercero. Periodista y editora mexicana. Está incluida en A quien corresponda. Antología de la crónica en México, por Carlos Monsiváis (ERA, 2006).