content top

San Judas Tadeo: ¿Santo de los latinos desesperados?

Por Magali Tercero  desde Ciudad de México

I. CUAUHTEMOC Y CUITLAHUAC APLASTANDO ESPAÑOLES

Transbordo en la estación equivocada por ir mirando su elegante camisa blanca con un San Judas a escala humana estampado en la espalda. Primero ha cargado por las calles a un San Judas alto cuyo destino es la iglesia de San Hipólito, fundada como ermita por Hernán Cortés para recordar la muerte de sus soldados durante la Noche Triste de aquel 1 de julio de 1520, cuando Cuauhtémoc y Cuitláhuac se unieron para aplastar a los españoles. El joven obrero, que de él hablamos, está junto a las veladoras colocadas sobre la banqueta, muy cerca de la reja atrancada para impedir la entrada a los fieles. Junto a ella hay numerosas estatuas del santo al que algunos, en una especie de guiño cómplice, pusieron tapabocas para tener a su San Juditas a tono con la contingencia de la influenza, el 28 de abril pasado.

Fieles en el metro dirigiéndose a la celebración

Fieles en el metro dirigiéndose a la celebración

Este día el templo está cerrado por primera vez en muchos años. Y vigilado por agentes policíacos protegidos por tapabocas azules. “Favor de retirarse. Es peligroso estar aquí”, repite uno de ellos por el altavoz sin mencionar palabra alguna sobre la influenza. Hay escasas 50 personas en total, y con ellas reza este muchacho cuyo San Judas estampado abarca también la parte posterior de sus impecables pantalones blancos. Durante algunos minutos se queda de rodillas frente a su santo, con la vista baja, musitando oraciones con la mayor devoción, pidiendo acaso un trabajo imposible de encontrar en época de crisis. Resulta atractiva la estética rockera de su cabello rematado con una cresta de gallo teñida de amarillo oro. Su lisa piel morena parece iluminarse con este tono de cabello que es casi un sello entre ciertas tribus urbanas. Seguramente vive en las afueras de la Ciudad de México. Un dato paradójico, lejano lector, es que durante el virreinato esta zona del Distrito Federal, hoy en el Centro Histórico, formó parte de la periferia de la antigua Ciudad de los Palacios. Por eso, explica en entrevista el investigador Jesús Rodríguez, hay tantos tesoros de la arquitectura colonial que un día fueron hospitales.

II. CAMPESINOS APUNKADOS Y RUBíES ROMáNTICOS

Pero volvamos al chavo de elegancia a medias campesina a medias punk, a quien dejo inmerso en el desespero de su oración para dirigirme al metro. No hay muchos vendedores ambulantes, sólo algunos exhiben en sus puestos los collares y pulseras de moda, hechos con cuentas verdes y amarillas, los colores de la túnica de San Juditas. Cuando finalmente llego al vagón he entrado a cierto estado de ensoñación -me habrá sugestionado la idea del cemento inhalable oculto en bolsas azules de plástico- y comienzo a extrañar a las multitudes de otras ocasiones, los cientos de devotos con sus santos en andas y sus extraordinarios ramos de rosas rojas en peregrinación por esta nuestra ciudad alterna del transporte bajo tierra. La estación del Metro Hidalgo tiene un atractivo inexplicable para mí. Me jala como imán y me hipnotiza desde hace muchos años. En meses de desempleo, en 2004, incrédula como soy me dio por pasearme por esos rumbos, leer furtivamente el cuaderno de peticiones a San Judas en San Hipólito y hasta pedirle un favorcito, firmado sólo con mis iniciales, debajo de otras demandas: “San Juditas, por fa, no permitas que muera mi esposo Javier. Lo amo para siempre. Sánalo, házme el milagro”; o “Mucho te agradezco santo de mi corazón por salvar a mi hija mayor después de la operación”; o bien “Comprende que si me hecho ratero no es por gusto es necesidad. Consígueme un trabajo mi Juditas Tadeo y dejo el robo y también mi otro vicio del alcohol”. Además del cuaderno, en Internet se puede seguir la ruta de esta devoción y leer mensajes como el de una joven -acaso joven prostituta de la zona- pidiendo “házme crecer el busto a la talla 34 C. No sabes cómo sufro de no tenerlo”. O el de un señor anónimo: “San Juditas Tadeo, llevaré a cabo la promesa que te acabo de hacer hoy 5 de marzo de 2009 a las 18:51 horas. ¡Lo juro!”. Por supuesto, también hay quienes cuentan milagros como este: “San Juditas es nuestro santo y un día Itza y Fer vieron como movía su boca y sus ojos”, se lee a una lado del video donde dos chicas conversan frente una figura de pasta con los atributos del santo, incluída la flama en la cabeza.

–Ya lo vi

–¿Dónde?

–Mira los ojos, se le pusieron amarillos, ¡la boca!

Una de las tantas celebraciones

Una de las tantas celebraciones

Esta crónica me hace acordar del día en que me volví atea y salí corriendo de la iglesia. No pude azotar la puerta como hubiera querido pero durante todo el camino a casa repetí una palabra recién aprendida (”padre pendejo, padre pendejo”, es decir doblemente tonto). Tenía 12 años y no volví a pisar un templo hasta que se casó mi mejor amiga:

–¿Niña o niño?–, me había preguntado el sacerdote desde la rejilla del confesionario.

–Niña, es que había mucha cola–, dije con un hilito de voz.

–¿Pues qué haces aquí condenada niña? ¡Vete de inmediato a la fila que te corresponde!, me ordenó el santo varón con dedo flamígero, razón por la cual salí rechinando suelas de la iglesia y llena de ira infantil.

En San Hipólito este santo tiene su lugar de honor junto al altar. Es el santo de los desesperados. Y tiene fama de convocar rateros y prostitutas entre sus fieles. “Por eso vendemos menos en los últimos tiempos, porque algunos vienen a robar carteras o a tocar a las muchachas. Por eso los devotos se salen rápido acabando la misa y se van para su casa”, me cuenta un viejo vendedor de estampas, pulseras, camisetas y veladoras, todos con la imagen del santo.  Pero estábamos en que hace cinco años comencé mis recorridos por los alrededores del Metro Hidalgo. Caminaba por el pequeño jardín del cementerio de San Fernando donde están los grandes liberales del siglo XIX, el mismo que Rodríguez llama el “rubí del romanticismo mexicano”, pensando que seguramente Benito Juárez y Francisco Zarco estarían revolviéndose en sus tumbas todos espantados porque afuerita de la reja del panteón duermen, a diario, unos 12 o 15 niños de la calle desposeídos de todo. O bien me tomaba un café en el Trevi, restaurante de tradición famoso en los años cincuenta y ahora convertido en una modesta fonda de “comida corrida”, como se llama en México al menú económico consistente en caldo de pollo o sopa de pasta, arrocito rojo o spaghetti a la crema y carne asada con chilaquiles o pescado empanizado con ensalada a sólo sesenta pesos (5 dólares). O garabateaba en mi libreta presintiendo, quizá, que mi ocio y desempleo me estaba regalando un proyecto de crónica más seductor que un escritorio con sueldo seguro.

III. SAN JUDAS, DAME CHANCE DE ENTREVISTAR A LA NARCOSATANICA

El segundo encuentro con el muchacho del San Judas estampado ocurre en el pasillo que conduce al andén rotulado como Ciudad Azteca. De pronto, vuelvo a ver su figura blanca entre la gente. Camina de prisa por lo que apenas tengo tiempo de pedirle a su San Judas estampado un favor: que me deje entrevistar por fin a la mujer que alguna vez el diario español El País nombró como la presa más famosa de México, a la reclusa que durante 20 años se ha declarado inocente, que desea y no desea hablar y me tiene esperando desde enero. Teme las entrevistas, pienso, porque antes y después de ser sentenciada a más de 600 años de cárcel la prensa la ha tratado mal. No en balde escribió su testimonio bajo el título Me dicen la narcosatánica, ahora un bestseller. Apenas el 7 de marzo un diario nacional publicó que ella es la líder del tráfico negro de medicinas en la cárcel. El pero es que todo el reportaje estuvo basado en testimonios anónimos, en historias de segunda mano. Su historia inspiró dos películas: Borderland y Perdita Durango, basada en la novela de Barry Gifford. Es Sara Aldrete, la que un día fue, cuentan las malas lenguas, una joven espectacular de cuerpo atlético, cabellera teñida de rubio L’Oreal y ojos a medio camino entre el amarillo y el verde, exactamente como las cuentitas de la nueva pulsera de moda en el ámbito de San Judas, o como las cuentas de los collares de los santeros, culto al que habría pertenecido el líder de la secta conocida como Los Narcosatánicos, el seductor cubano Adolfo de Jesús Constanzo, por cuyos crímenes Aldrete habría quedado finalmente sentenciada a 50 años de cárcel. Será la época, será la crisis de confianza en la iglesia católica, será la cultura de la droga, pero en todas partes surgen sincretismos inesperados como esa extraña mezcla de santería, palo mayombe y cultura del video que reveló Constanzo en los sacrificios humanos que realizó, en sus amuletos hechos con las vértebras de las víctimas a quienes arrancaba el corazón y otros órganos para hervirlos en un caldero.

Te presentamos a San Judas

Te presentamos a San Judas

En Cuba -porque el culto se practica anualmente cada 28 de octubre, día en que nació el Judas bueno entre los apóstoles en varios países de América Latina-, en Cuba, decía,  San Judas ha desplazado a San Norberto, conocido como Olofi entre los santeros. Según se explica en algún blog, aún no se conoce su contraparte en el panteón yoruba. Tania Quintero, periodista habanera, ha escrito que muchos cubanos “ya decidieron incluir a San Judas, patrón de los casos imposibles, entre sus santos preferidos”. De hecho, asombra saber que el culto a San Judas se popularizó más o menos al mismo tiempo en México y en Cuba. Desde los noventa atrae multitudes una vez al año en la isla. Aquí en México las convoca una vez por mes: 12 fiestas multitudinarias anualmente. Y si en Cuba está desplazando a tal San Norberto, aquí “ya está al tú por tú con la Virgen de Guadalupe y con la Santa Muerte”, según me cuenta Óscar, un hombre amable de 42 años autor de variadas imágenes de San Judas, y, por extraño que suene, de la Santa Muerte, cada día más adorada en México. Pregunto cómo logra que sus dijes brillen tanto. No hay mucho truco. El artesano y vendedor ambulante les aplica un baño leve de níquel blanco.

INHALANDO CEMENTO Y VISITANDO A SAN JUDAS

–¿Desde cuándo vienes a San Hipólito?–, pregunto a un chico de 17 años excesivamente sonriente.

–Este es mi primer año. Me invitaron mis compas. “En activo” pero aquí estoy–, contesta Adán, de facciones finas, tez morena lisa y suave, coletita muy peinada y un montón de collares de cuentitas de colores al cuello.

Adán, como decenas de adolescentes devotos, trae consigo una bolsa de plástico azul. Ahí guarda su dosis de “activo” o cemento para inhalar. Lo lleva porque la fiesta de San Judas se ha convertido en una fiesta de jóvenes. Emergen de las escaleras del metro en grupos de 20, 30 y hasta 40, desplegando sus adornos en todo el cuerpo. Colas de pato, crestas de gallo de colores, mechas rojas y azules, tatuajes efímeros de San Juditas en las mejillas, collares coloridos, pulseras de diverso grosor… Ellos van enfundados en jeans y camisetas con diversos estampados. Ellas visten minifaldas o pantalones entallados de mezclilla o algodón y blusas escotadas al uso actual. “Se ven muy bonitos”, comenta Mónica Espinosa, actual subdirectora de cultura del Antiguo Palacio de Medicina. Ella es la responsable, entre otras actividades, de las pláticas para el público sobre el Centro Histórico, su historia, sus leyendas. Con ella hemos planeado ir a San Hipólito el 28 de mayo, para que el comunicólogo e investigador Jesús Rodríguez nos platique la historia del templo.

Muchos jóvenes vienen de la periferia de la ciudad. Desde los cuatro puntos cardinales: Iztapalapa, Tláhuac, Ecatepec… las zonas donde sus padres trabajan como obreros y sus madres se contratan para realizar labores domésticas, o bien venden comida en pequeños puestos callejeros. Cada 28 de mes estos muchachos llegan en oleadas a las misas celebradas entre siete de la mañana y diez de la noche. Un amigo fotógrafo, Francisco Mata, me ha dicho que muy cerca, en una placita, se venden a cinco pesos pequeñas dosis de cemento y de drogas de diseño. Extraordinario conocedor de la vida urbana, Mata ha descubierto una parte del submundo oculto detrás de la devoción. Pero dejemos esto para otro día, cuando podamos entrevistarlo. Hoy sólo resta mencionar que en Internet hay videos de grupos norteños cantando corridos donde San Judas y la droga son protagonistas, algunos dedicados a capos famosos del narco: “En mi pecho un San Juditas y en mi nariz de la buena [el cantante hace snif para aludir a la cocaína]. Me cansé de andar de pobre y de andar de agricultor… Yo anduve de piojoso hasta que encontré a un amigo… Ahí le va un cuerno de chivo, véngase pa Sinaloa donde tiene sus amigos. Mire lo que son las cosas… Y si me bajan la merca traigo a mi raza maciza … Le voy a dar una feria cuando me pase el perico, si me quieren conocer les voy a dar unas señas… Soy un hombre de la sierra, en mi pecho un San Juditas y en mi nariz una buena”.

La moda del santo ha llegado lejos. Su culto es un espejo donde se reflejan las dinámicas sociales de un México amenazado por la pobreza y por el narcotráfico, un México donde la descomposición social se anunció durante aquel espeluznante verano de 1989 en que Los Narcosatánicos y los cadáveres sodomizados y torturados por ellos en sus rituales de magia negra fueron descubiertos en un rancho de Matamoros, a unos pasos de la frontera. Hace unas horas vi en la televisión la imagen de una niña asesinada. El guionista de la serie policíaca decidió que el pequeño cuerpo llevara al pecho un escapulario de San Judas. Había sintonizado, harta del noticiero, la famosa CSI estadunidense donde en cada capítulo se nos informa, con lujo de detalles, sobre el cómo y el porqué de crímenes atroces. No preocuparse por favor. Todo ese contenido es ficción pura. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Además San Juditas nos cuida a todos, mexicanos y latinoamericanos. Por eso le rezan en Cuba y en Perú y en San Francisco. ¿No les digo que su nombre estaba preciosamente rotulado al frente de un camión blanco que pasó cerca de Jardines del Recuerdo, el cementerio de la periferia del DF donde sepultamos hace diez días al hermano menor de mi padre? Ve con Dios querido tío René. Te libraste de ver muchas cosas malas por venir en este tu tan amado país. Pobrecito México. Pobrecito.

  1. avatar comment-top

    [...] San Judas Tadeo: ¿Santo de los latinos desesperados? [...]

    comment-bottom