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Tijuana ingobernable

“Algo está podrido en Tijuana”, comenta mi interlocutora, una artista plástica cuyo nombre no mencionamos por pedirlo ella así. Esta pintora de 58 años, radicada en Tijuana desde los 12 años, refiere cómo sus amigos han sido amenazados de secuestro. “Comenzaron con los médicos, siguieron con los arquitectos, ahora son los dentistas. Primero desaparecen las personas, luego aparecen los cuerpos en la playa. Hay mucho miedo”. Por Magali Tercero desde México.

Tijuana“El año pasado me amenazaron de muerte si no daba una cantidad. Me dijeron que habían estando observándome durante 40 días desde el parque situado frente a mi casa”, explica. Unos días después esta cronista verá en el Museo de Arte de San Diego en Balboa Park la muestra Tijuaneados anónimos, realizada por el colectivo Bulbo en torno a un grupo de apoyo creado para cambiar Tijuana. Ésta es la declaración de principios de Tijuaneados Anónimos, cuyo nombre y vocación surgen, desde luego, de Alcohólicos Anónimos.

“La situación de Tijuana se ha vuelto ingobernable, igual que las vidas de nosotros los ciudadanos. Sabemos que la única forma de cambiar nuestro entorno es cambiando nosotros mismos. Pero no podemos hacerlo solos. Semana tras semana nos reunimos en Tijuaneados Anónimos, y con el apoyo del grupo encontramos la fuerza para cambiar y hallar el alivio que proporciona la amistad. Tijuaneados Anónimos es un lugar donde imaginamos la ciudad que queremos, y cómo deseamos ser como individuos”.  La instalación de Bulbo consiste en una sala con tribuna, sillas y una mesa para que los tijuaneados anónimos se sirvan café y galletas mientras sus compañeros toman la palabra. En lugar de ponentes hay una pantalla donde se proyectan los testimonios de diversos habitantes de Tijuana. Por ejemplo, el de una mujer cuyo hijo murió en una balacera entre grupos opositores del narcotráfico. O el de un joven que habla de su desánimo permanente. Inside the wave es el nombre de la exposición clausurada el 22 de junio en San Diego.

TijuanaSu contenido social, y por tanto emotivo, dispara sentimientos profundos en el espectador. Si gran parte del arte actual está cerca del periodismo, la sociología, la psicología, la filosofía y otras disciplinas, esta instalación se acerca más que otras a una expresión auténtica. Los elementos son sencillos y, tal vez por eso, no hay contenido conceptual opresivo. Es, nada más, el reconocimiento comunitario de una enfermedad social. Estos días ha sido difícil dejar de pensar cómo vida y arte se unen a veces, a la vuelta de un viaje en busca de testimonios sobre la zona fronteriza para un libro sobre movilidad social. Hay que visitar la página http://tijuaneadosanonimos.files.wordpress . Allí hay fragmentos de vida auténtica, real life muy alejada de la banal, estrujante, tediosa tendencia mundial a glorificar la violencia. Otro sitio a conocer es http://www.el-mexicano.info/blogs/post/2008/02/Tijuaneados-Anónimos . Aquí no cabe la indiferencia. El grupo de apoyo ha llamado la atención de dos participantes del Taller de Escritura Documental, José Luis Figueroa y Ana Paola Rodríguez, quienes obtuvieron el premio DOCSDF 2007, en dicha categoría, por un proyecto también titulado Tijuaneados Anónimos.

CORAZON TRICOLOR

La experiencia de conocer el trabajo de este grupo en San Diego se explica, de alguna forma, gracias a un documental reciente. En él se cuenta cómo dos grupos de niños, estadunidenses y mexicanos, conversaron en la línea fronteriza, a través de las rejas situadas junto al mar para establecer la línea divisoria entre ambos países. Llama la atención cómo los pequeños americanos (así se llaman a sí mismos, como todos sabemos) consideraron ¨very interesting¨ saber de los mexicanos, mientras que éstos comentaron a grandes voces que habían hecho muy buenos amigos del otro lado de la frontera. “¿Ves lo diferentes que somos? ¡Es otra cultura, otra capacidad de amar!”, exclama la artista plástica entrevistada. Quedo muy pensativa con sus palabras. ¿Otra capacidad de amar? No lo sé. Normalmente el sentimentalismo no es amor. Oh my God…

LADIES TIJUANENSES Y MARAS SALVATRUCHAS

TijuanaA unos metros de la mesa, la festejada, hija de guatematelco y salvadoreña, recibe de manos de su abuela, dueña de un hermoso rostro indígena con arrugas como surcos de tierra, su última muñeca. Estamos, unos días después de la estancia en Tijuana, asistiendo a una “Quinceañera”, nombre dado por los latinos de San Diego a la fiesta de 15 años. Frente a mí, una mujer de 44 años, hermoseada por implantes similares a los de muchas invitadas, relata cómo las amenazas de secuestro en Tijuana, donde vivió desde los dos años de edad, la obligaron a emigrar. Mientras, la madre de la quinceañera -una mujer menudita y muy alegre- explica cómo sus bonos entre el sexo masculino han aumentado muchísimo. No menciona los pechos por su nombre, sólo dibuja un gesto gracioso que pone a reír a toda la mesa. “Ya era linda, ya era alegre, pero esto mi amiga, esto es único!”

Los jóvenes pandilleros maras -cráneos rapados, playeras blancas y pantalones grises muy amplios además de un paliacate rojo al cuello- son, en esta fiesta, una presencia retadora. Los guardias, contratados por los “padrinos de seguridad”, hombrones rubios y fuertes, no les quitan el ojo. Después descubriré que son amigos de la quinceañera. Ella y yo nos hemos caído bien, tal vez porque sin querer he imitado sus pasos de baile cuando, ya avanzada la interminable tarde veraniega, ella comenzó a bailar hip-hop, reggaetón y otros ritmos más punchies-punchies. Micrófono en mano ha hecho discursos, ha cantado, y, lo más sorprendente ha hecho desde el estrado toda clase de señas mara-salvatruchas. Sin darme cuenta, pues, he copiado su baile, y a partir de ahí, cada vez que brinca del estrado para correr a los brazos de sus amigos, la quinceañera me da un empujón suave. Es un saludo, un guiño de reconocimiento. Pero Dalila, guatemalteca que se ha hecho íntima amiga de Claudia, nos despierta de la extraña ensoñación romántica a lo Pedro Navajas: ¡Dale! ¡Tenemos que irnos! Los pandilleros se ponen pesados a esta hora”, exclama.

SOY ORIUNDA DE VIENA

Dalila proviene de una de las zonas más míseras de Guatemala, su madre la maltrataba salvajemente, todo su entorno la violentaba. Nunca comió lo suficiente y la curvatura de las piernas muestra aún las huellas de la desnutrición, aunque su rostro de acusados rasgos mayas, su atuendo elegantísimo de verano, ignoren las consecuencias de la pobreza en su cuerpo. Huyó de casa muy joven. Pudo convertirse en niña de la calle en Antigua, la capital, pero algo la impulsó a dejar su país. En Estados Unidos es dueña de un salón de belleza de primera categoría y vive en una amplísima casa rodeada de bosques. ¡Pero esto debe ser carísimo!, le digo. “América te da para eso y más siempre y cuando, óyelo bien, siempre y cuando trabajes muchísimo”. Ahora tiene un novio, un arquitecto con renombre en el país y agenda llena de viajes para supervisar sus edificios. La mira embobado, quiere casarse, le ha dado un collar que costó varios miles y que ella sólo lleva a los restaurantes elegidos por él. “Siempre son de gente estirada”, asegura con gesto aburrido, “no me acostumbro”. Me doy cuenta, al escribir lo anterior, que pudiera estar yo haciendo una apología del fenómeno migratorio. Pero no. En realidad es la primera vez, en muchos años de investigación sobre migración latina, que me veo frente a un caso tan acabado de progreso femenino. Su hija va a celebrar su Quinceañera en dos semanas más. Van a Guatemala a tirar la casa por la ventana. El padre contrató a la Sonora Tropical y todas las damas se mandaron a hacer el vestido en Nueva York.

A estas horas ya es notorio que los corpulentos guardias de seguridad han entrado en estado de alerta. Hay mucho alcohol circulando subrepticiamente. Los ritmos son cada vez más oscilatorios, menos trepidantes. Las caderas de hombres y mujeres dialogan aunque las delgadas telas de faldas y pantalones son, mientras dure la fiesta, el último obstáculo. “Vámonos, vámonos”, exclama Dalila empujando a mi hermana Claudia -residente en San Diego desde  hace dos años y fascinada por esta explosiva mezcla cultural- y a sus hijas en plena pubertad y adolescencia vivida en escuelas típicamente americanas. “La coreografía estaba muy cursi, mamá, aunque me gustaron los chambelanes y las damas”, comenta Alexandra, de 15 años. Y tiene razón, el espectáculo tuvo ese sabor hollywoodense de los 40 inimaginable en tierras latinas.

Ya la mamá de la quinceañera había descrito a su hija como fan de la Fiesta de 15 años y de las costumbres latinoamericanas, de la comida mexicana con su mole y sus carnitas. No explicó, sin embargo, las implicaciones cotidianas de una cultura extraordinariamente rica. Tanto como miserable fue el origen de sus padres. ¨Cuando me preguntan de dónde vengo¨ -cuenta Ana, una cuarentañera de cuerpo levemente remodelado por la liposucción y hermoso rostro moreno-, “cuando me preguntan de dónde vengo, yo digo pues de Viena. ¿Cómo que de Viena? ¡Claro, les digo, de bien adentro de El Salvador”. Y suelta la carcajada. Su amiga Carmen, la madre guatemalteca de la quinceañera, llegó como empleada doméstica a Estados Unidos hace 20 años. Ahora tiene una agencia de colocaciones y da trabajo a cuanta nueva inmigrante desvalida conoce. ¿Las explota o sólo les da trabajo? ¿Cuántos inmigrantes logran tanto?, pregunto. Ana responde, muy seria, sin abandonar la licuadora llena de Margarita batido con tequila, hielos y fresas: “Se necesita fuerza para huir de la miseria. Ganas de vivir. Pero, sobre todo, mucho estómago para aguantarte aquí”. Esta amistad entre señoras ricas tijuanenses, en franca huída de las amenazas de secuestro de su ciudad, e indígenas mayas de Guatemala en franca huída de la miseria, sólo puede darse -explica el esposo antropólogo de alguien- en circunstancias como éstas. De otro modo te oprime la jerarquía de las clases en Latinoamérica. Reduce tu vida, tu mundo de afectos”. Dalila, Claudia, Alexandra y yo lo miramos muy serias. Nos encaminamos con las otras tres jovencitas a la camioneta. Cómo hemos bailado. Esto ha sido grande.

(Versión ampliada del texto publicado en el suplemento Laberinto, en Milenio Diario. Junio 28, 2008.)

Más notas de la autora en http:/magalitercero.arteven.com