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Turismo penitenciario en un museo

Por Magali Tercero desde Ciudad de México

“Detrás de la crónica roja debe de haber un reportero que no invente ni juzgue, se trata de describir”, me dice, pensativo, el periodista Humberto Ríos Navarrete, autor de una excelente página dominical en este diario. A días de cerrar un texto espeluznante platico, como quien encuentra al entrevistado ideal, con el autor de uno de los mejores reportajes del periodismo negro de los ochenta. Le cuento que el domingo pasado estuve haciendo “turismo penitenciario” en el Museo de Arte Moderno (MAM), ubicado en el corazón de la Ciudad de México. Le digo también que la culpa la tuvieron los curadores del MAM. Pero vayamos por partes. “Presuntos culpables” es una exposición colectiva sobre el encierro carcelario donde participan tres espléndidas fotógrafas –Patricia Aridjis, Verónica Macías y Vida Yovanovich–, el internacionalmente controvertido Santiago Sierra, además de Carlos Aguirre, Ricardo Atl, Pericles Lavat, el destacado colectivo civil La Lleca (“calle” en caló carcelario), el grupo de presos Los Rashes, Teresa Margolles, Rogelio Sosa y José Antonio Vega Macotela.

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“Presuntos culpables” termina siendo –pese a mostrar mucha obra de calidad– una muestra fallida y pretenciosa. Por bien hecha que esté la serie fotográfica Aquí estubo su padre putos, el trabajo de Pericles Lavat sobre una cárcel abandonada; por logrado que esté El túnel, instalación sonora de Roberto Sosa sobre el ruido de la vida en la cárcel; por desoladoramente poéticos que sean los paisajes de las Islas Marías de Verónica Macías; por buenos que sean los relatos de terror de los presos narrados en Radio Kanero (La Lleca), la museografía de la exposición no busca mostrar una realidad pura y dura sino pasteurizada y alérgica a cualquier dosis de realismo. ¿Para qué hacer una instalación carcelaria para mostrar las magníficas fotografías de mujeres reclusas de Vida Yovanovich? La instalación sonora con testimonios de las presas, la haya propuesto ella o los curadores, no es un lenguaje propio de esta autora y tiende a neutralizar el impacto de los retratos. Por último, ¿por qué simular grises muros carcomidos a lo largo de toda la exposición?

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Es como cuando, en estos tiempos light, se dice los “desfavorecidos” y no los pobres o los jodidos. ¿Con qué intención exhibir armas punzocortantes (fabricadas con sacapuntas, encendedores y navajas) bajo pomposos capelos de vidrio? Si hubo ironía, no se notó. El MAM no es la Ciudad de los Niños (un centro de entretenimiento). La imaginación de los espectadores no está atrofiada. ¿“Estetizar” la realidad? ¿Estilizarla presentando una vajilla Modelo Reclusorio, fabricada con una lata de sardinas y un envase de refresco? El preso que se hizo como pudo un plato y una cuchara, reiría con amargura al ver sus utensilios ridículamente presentados como “vajilla” y acompañados por un instructivo. ¿Buscaba el equipo curatorial del MAM participar en un nivel de autoría? Puede ser. Hoy todos somos artistas y el arte se trata, entre otras cosas, de unir la vida y el arte (separados, según Johan Huizinga, durante el salto entre el Renacimiento y la Edad Moderna).

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La pieza “estrella” es obra de Santiago Sierra. Una celda de paredes negras donde se pretende que el espectador (después de admirar la lata de sardinas, perdón, la “vajilla”) pueda vivir y sentir la cárcel durante un lapso que va de los treinta minutos a las cuatro horas. Ni más ni menos que un baño de miserabilismo y de racismo de clase. No sé si es contraproducente mostrar la cárcel banalizada y edulcorada pues habrá muchos que no se traguen el show. Pero sí está de moda presentar, higienizado y estilizado, el lado oscuro de la sociedad. Hace mucho se ha abierto esa ventana (recuérdese Los amantes del Pont Neuf con Juliette Binoche, de 1991). ¿Es el tedio? ¿Es la corrección? ¿Es porque la vida nos ha vuelto buenos y nauseabundos, intolerantes ante nuestras lacras? En España, la periodista Samantha Villar hace un programa televisivo que la muestra viviendo durante tres semanas con indigentes, vestida con harapos, durmiendo bajo cajas de cartón y peleándose con los transeúntes que hostigan a los sin techo; o bien compartiendo su tiempo con anoréxicas y adelgazando bajo control médico. En Inglaterra, el reality “Ricos a la calle”, ha puesto a cinco jóvenes millonarios de Londres a vivir con mendigos. Vi uno de los primeros programas, lectores, y los pobres niños ricos lloraron al despedirse de sus virgilios. Qué anodino todo, qué ausencia de inteligencia, qué cinismo… Las vidas miserables son el no tan nuevo pero sí muy redituable blanco de la sociedad del espectáculo. Recomiendo la muestra por supuesto, pues como se dijo arriba muchas obras valen la pena. Ignórese la escenografía por favor.

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Fotografías de Patricia Aridjis y Vida Yovanovich